Ocurre lo mismo con el término "hacer el amor" que evocaría la compleja experiencia emocional y cognoscitiva tal como la venimos tratando en esta serie de artículos. Ciertamente "hacer el amor" aunque no puede decirse que es equivalente al concepto de amor, se beneficia del significado de este último, porque trae a la memoria todas las potencialidades del amor verdadero, es decir: bienestar y felicidad; aprecio, comprensión y respeto; atracción sexual, desde luego, e inclusión y compromiso permanente.
Incluso el sexo sin amor puede beneficiarse del componente saludable de la idea propia del amor asociada a tener relaciones sexuales. Se ha postulado que tal cosa ocurriría con conductas sexuales como la conquista por la conquista, la masturbación, la afición a la pornografía e incluso las desviaciones sexuales, conocidas en medicina con el nombre de parafilias.
Biología del amor
Debemos reconocer que la comprensión de las bases neurobiológicas del placer, y mucho más del erotismo, está en su comienzo. Tiefer, 2002, puso el dedo en la llaga, cuando recordó la idea de Masters y Johnson , de que siendo el sexo una función natural, su experiencia de una manera satisfactoria dará lugar, naturalmente agregaríamos, a la experiencia del “placer”. Continúa Tiefer señalando que no hay nada acerca de la disfunción del “placer” en la clasificación oficial de los trastornos sexuales, asimismo en los textos médicos sexológicos que tratan sobre las bases fisiológicas del placer, las diferencias culturales o su desarrollo psicológico. Dice, además, que aunque muchos sexólogos crean que el placer es fundamental en la experiencia sexual, habiendo muy poca investigación teórica o empírica sobre el mismo. Tiefer alude a cuatro razones que explicarían este vacío, a las que denomina “complejidades”, a saber : conceptual, fisiológica , política y la que llama mito del modelo médico de la “naturalidad” del sexo.
Mac Lean, según Panksepp, 2003, propuso que la región subcortical del cerebro de los mamíferos estaba integrada por una variedad de sistemas afectivos que gobernaban la conducta, y para denominarla acuñó el término “epistémico”. Ahora se acepta que habría varias categorías naturales propias de los procesos afectivos. Algunas ligadas a los placeres y peligros provenientes del mundo; otras relacionadas a la anticipación de los dinamismos tanto positivos como negativos; otras categorías más vinculadas a las acciones y, finalmente, unas últimas en relación con las situaciones placenteras denominadas “postconsumatorias”.
Por su parte, Gard, 2005, nos recuerda que mucha investigación psicológica acerca de la experiencia del placer se ha centrado en lo vivido en el momento justo en que ocurren los estímulos específicos placenteros, es decir lo que se llama el placer "consumatorio".
Sin embargo, no se ha comprendido bien las experiencias placenteras "anticipatorias", que ahora sabemos están supeditadas a un proceso neurofisiológico diferente al de las primeras. Estas, las anticipatorias, estarían más relacionadas con la motivación y la conducta orientada a una meta y las consumatorias, con la saciedad del deseo. Otro autor que ha iluminado la experiencia del placer es Zurbriggen, quien piensa que aparte del deseo erótico y de la búsqueda del placer, existen otras motivaciones para comprometerse en la conducta sexual. Aunque el deseo por las sensaciones físicas placenteras sigue siendo un motivo importante, que se comprueba cuando se estudian las fantasías sexuales en ambos sexos.
El aporte de Burgdorf y Panksepp, en su interés en el estudio de las “emociones positivas”, ha concitado últimamente gran interés científico. Por ellos sabemos que los aspectos cognitivos de las emociones, como reconocer una cara feliz o triste, son procesados a nivel neocortical, pero la experiencia de felicidad o tristeza está fuertemente vinculada a circuitos límbicos sub-neocorticales que compartimos con otros mamíferos.
La investigación neurobiológica también se ha dirigido a estudiar la infraestructura de la vivencia amorosa y ha lanzado la hipótesis de que en el cerebro humano, en el transcurso de unos cinco millones de años de evolución como homínidos, se ha desarrollado estructuras cerebrales que serian su soporte físico. Consisten en sistemas nerviosos, asociados a motivaciones específicas que se corresponden con vivencias, conductas y una química cerebral especial.
Se propone la presencia de tres sistemas neurales: apareamiento, reproducción y parental.
El circuito del apareamiento es el soporte del impulso sexual, la vivencia del deseo y las relaciones sexuales, íntimamente asociado con las hormonas sexuales, estrógenos y andrógenos. El circuito reproductivo, vinculado con la motivación al amor romántico, vivencias del tipo de felicidad y obsesividad propias del enamorado, la conducta que traduce la unión emocional de la pareja y sustancias tales como la dopamina, norepinefrina y serotonina. Finalmente, el sistema parental asociado al "amor amistoso", la identidad emocional de la pareja, las relaciones estables con la activación de sustancias tales como la oxitocina y la vasopresina. Estudios modernos de imagenología, el método de examinar los órganos internos mediante imágenes, como lo hacen los rayos X, están permitiendo identificar las regiones cerebrales en que asentarían los circuitos nerviosos mencionados.
Teoría de la Evolución
Ubillos y colaboradores, en “Amor, cultura y sexo”, 2001,sintetizan las que serían las funciones del amor de acuerdo a la concepción evolucionista, sobre la base de autores tales como Lampert, 1997 y otros. Así la teoría de la evolución tratando de explicar la necesidad biológica de la conducta amorosa, señala que esta vendría a ser consustancial con la condición de ser humano y su mayor importancia radicaría en facilitar la supervivencia de la especie. Tanto el deseo sexual como la unión de la pareja estuvieron relacionados con la reproducción y tuvieron un refuerzo positivo en los primates superiores que los orientó al placer no sólo en las relaciones sexuales sino en la pertenencia a la pareja y la parentalidad, es decir, a tener hijos y criarlos. Los seres humanos estaríamos atávicamente constituidos para las relaciones sexuales, el enamoramiento y el cuidado de los hijos.
Esta interpretación da pie para entender las diferencias en la conducta sexual y el amor entre el hombre y la mujer. Concurrirían dos procesos fundamentales que explican la selección sexual y la inversión parental, diferenciada, de uno y otro sexo. Se postula que la selección sexual depende de dos procesos diferentes, por un lado la selección intrasexual y, por el otro, la epigámica. Por la primera se trata de la presión que ejercen los miembros de un sexo sobre el otro a través de la competencia, los machos se enfrentan por las hembras y gana el mejor dotado. Por la segunda, la inversión parental, se cree que si un sexo selecciona al otro de acuerdo con ciertas capacidades, estos talentos tendrán que ser propios naturalmente de uno y no del otro. La inversión parental es el gasto de tiempo, energía y riesgo que pone en juego el padre para aumentar la sobrevida del hijo, siendo evidente que la inversión de las hembras es mucho mayor que la de los machos.
En la especie humana, las mujeres serán mejores objetos sexuales de acuerdo a su apariencia juvenil y maternal, es decir como función de la fertilidad. Por su lado las mujeres deberían ser más selectivas en la elección de pareja dado que su inversión parental es mayor. La hipótesis evolucionista apoya la idea de que para favorecer la reproducción de la especie, el amor llamado lúdico sería propio de los hombres y el pragmático de las mujeres.
Matrimonio
El matrimonio es consecuencia del amor verdadero y debería llegarse a él pasando por las etapas descritas previamente. En el matrimonio se termina por instalar el llamado amor compañero, sin que eso signifique la desaparición de la pasión y el romanticismo, aunque sí atenuados en su intensidad. Se ha podido descubrir que los conflictos en la vida de pareja se acompañan de variadas condiciones psicopatológicas. A la inversa, un matrimonio llevado en armonía se corresponde con una mejor salud e incluso aumento en la expectativa de vida.
Existen muy pocos estudios sobre el rol del amor en el matrimonio pero una encuesta realizada por Riehl-Emde y cols., 2003, dio resultados sorprendentes. Se entrevistó a un numeroso grupo de matrimonios felices y se les preguntó cuál de diecinueve factores de la vida en común que les presentaron, consideraban que era el fundamental para su felicidad. Los ítems consistían en asuntos tales como comunicación, desarrollo personal, relaciones sexuales, ternura, compatibilidad , administración del hogar, lealtad, apoyo, identificación de la pareja; etc .La gran mayoría escogió el amor, definido como una relación emocional profunda de mutua atención y atracción, confianza e intimidad. |