Lo que antes habría sido considerado un vicio inaceptable ahora es visto como una “orientación” que es diferente, tan sólo en dirección pero no en calidad, de la inclinación de un hombre para unirse a una mujer y tener hijos. Se trata de un verdadero proceso, que habría comenzado con la descriminalización de la conducta homosexual y con un rápido incremento en la tolerancia de la homosexualidad en privado, pero también para hablar de ella en público. A partir de acá se ha desarrollado el movimiento del “ orgullo gay” y el “salir del closet” de algunas figuras públicas, hasta el punto que ya no resulta interesante si alguien es o no de la otra condición.
Puntualiza que en el Reino Unido la mayor parte de las personas han adherido a este cambio y aunque no están cómodas con las demostraciones exageradas, toleran el modo de vida homosexual, mientras se mantenga en los límites de la decencia y no atropelle ciertas normas fundamentales. Sin embargo, esta nueva actitud no satisface completamente a los activistas gay porque saben que tolerar es también desaprobar. Una gran verdad puesta en evidencia por el famoso ensayista.
Se ha llegado al extremo legal de concebir la homosexualidad como una tendencia comparable casi totalmente con la héterosexualidad, de modo que cualquier intento de distinguir a las personas sobre la base de su “orientación” viene a ser considerado como una “discriminación injusta”. Aunque hemos aceptado que las leyes contra la discriminación son necesarias, somos conscientes del hecho de que aunque la homosexualidad haya sido “ normalizada”, no es realmente “normal”. Persiste la impresión de que las parejas del mismo sexo son asociaciones alternativas a otra cosa, que es justamente lo normal.
Scrutton aporta una idea nueva al debate ( aunque no estamos seguros de que sea un argumento sólido ) cuando nos dice que esa “otra cosa” no es el deseo héterosexual, concebido como una “orientación”, sino bien la unión héterosexual. La cual concibe como la unión de un hombre y una mujer que lleva, por su propia naturaleza, no sólo al mutuo compromiso sino que está relacionada directamente con la procreación, el desarrollo de una familia y una disposición para el “auto-sacrificio” de la pareja, de la que depende el futuro de la sociedad.
La propaganda, dice el filósofo, que viene tratando de resignificar la héterosexualidad como sólo una “orientación”, es realmente un intento para persuadirnos a mirar sobre la verdadera realidad, que es la de la unión sexual que es lo que es, en su forma natural : la manera en la cual una generación abre el camino para la siguiente. Esta verdad es reconocida por todas las grandes religiones y es declarada por la visión cristiana del matrimonio como una unión creada por Dios. Esto explica en gran medida el rechazo de los creyentes a dar legitimidad al matrimonio gay, el cual es visto como un intento de reformular el contrato social eterno en términos meramente humanos.
El último conflicto que vivimos es el debate sobre “los derechos de adopción”. Según la perspectiva cristiana, que el autor cree compartida por musulmanes y judíos, la adopción significa recibir a un niño como miembro de una familia, como alguien con el cual estamos comprometidos como con nuestros propios hijos. Esto es, un acto de entrega que se realiza en beneficio del niño, para darle a éste el bienestar sano de un hogar. Su propósito entonces no es la gratificación de los padres sino el futuro del pequeño, al hacerlo parte de una familia. Esto significa darle al niño un padre y una madre. Hacer otra cosa sería una injusticia para el menor y un abuso de su inocencia. No hay entonces algo como el “derecho a la adopción” porque de lo que se trata es de asumir un deber y los únicos derechos a tomar en cuenta son los derechos del niño.
Contra estos argumentos oponer las leyes “anti discriminación” resulta irrelevante. Pensar que la adopción es básicamente un asunto de “derechos humanos” de los futuros padres muestra la inversión moral que está infectando la sociedad moderna. En vez de considerar a la familia como el lugar en el que la generación presente se entrega ella misma por la siguiente, venimos siendo condicionados a crear familias mediante las que, al revés, la siguiente generación es sacrificada por el placer de la presente.
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