¿ QUÉ DICE LA MEDICINA SEXUAL ?
Realmente la medicina sexual nos dice poco, acerca del erotismo, el placer, el amor y su substrato biológico, como veremos a continuación.
Erotismo. El Diccionario de la lengua española de la Real Academia (D.RA.E.) da una definición bastante escueta del término erotismo : “amor sensual”; “carácter de lo que excita el amor sensual”, y trae una referencia a la creación artística, “exaltación física en el arte”. Y por erótico : “... se entiende todo aquello que pertenece o hace referencia al amor sensual, pero también aquello que excita el apetito sexual. Por extensión, siguiendo al D.RA.E., se utiliza este término para referirse a la literatura amorosa y al poeta que la cultiva”.
Por su lado , la literatura médica es elusiva respecto a la definición de erotismo, como ocurre con la de “orientación sexual “ y se limita a señalar , cuando lo hace, que el placer sexual incluye la satisfacción física y erótica. No llama la atención por eso que el texto de psiquiatría más completo y leído en el mundo, el “Comprehensive Textbook of Psychiatry”, 2000, editado por Sadock y Sadock, no se ocupe de la materia.
La psicóloga feminista contestataria, Leonore Tiefer, puso el dedo en la llaga, cuando recordó la idea de Masters y Johnson , de que por ser el sexo una función natural, su ejercicio de un modo apropiado daría lugar, naturalmente, a la experiencia del placer. Señala asímismo que no hay nada acerca de la disfunción del placer en la clasificación oficial de los trastornos sexuales; tampoco se encuentra en los textos médicos sexológicos alusión a las bases fisiológicas del placer, las diferencias culturales o su desarrollo psicológico. Dice además que hay muy poca investigación teórica o empírica sobre el mismo y alude a cuatro razones que explicarían este vacío, de las que trata bajo el título de “complejidades”, a saber : conceptual, fisiológica , política y lo que llama el mito del modelo médico acerca de la “naturalidad” del sexo.
El placer. Mac Lean, según Panksepp, 2003, propuso que la región subcortical del cerebro de los mamíferos estaba integrada por una variedad de sistemas afectivos que gobernaban la conducta, y para denominarla acuñó el término “epistémico”. Ahora se acepta que habrían categorías naturales propias de los procesos afectivos. Algunas ligadas a los placeres y peligros provenientes del mundo; otras relacionadas a la anticipación de los dinamismos positivos y negativos; otras más vinculadas a las acciones y, finalmente, unas últimas en relación con las situaciones placenteras denominadas postconsumatorias. Por su parte, Gard, 2005, nos recuerda que mucha investigación psicológica acerca de la experiencia del placer se ha centrado en lo vivido en el momento justo en que ocurren los estímulos específicos placenteros, es decir lo que se llama el placer "consumatorio". Sin embargo no se ha comprendido bien las experiencias placenteras "anticipatorias", que ahora sabemos están supeditadas a un proceso diferente al de las primeras. Estas últimas estarían más relacionadas con la motivación y la conducta orientada a una meta y, las primeras , consumatorias, con la saciedad del deseo. Otro autor que ha iluminado la experiencia del placer es Zurbriggen, quien piensa que aparte del deseo erótico y de la búsqueda del placer, existen otras motivaciones para comprometerse en la conducta sexual. Aunque el deseo por las sensaciones físicas placenteras sigue siendo un motivo importante, que se comprueba cuando se estudian las fantasías sexuales en ambos sexos.
El amor. Ubillos y colaboradores, en “Amor, cultura y sexo”, 2001,sintetizan las que serían las funciones del amor de acuerdo a la concepción evolucionista y en base a autores tales como Lampert, 1997 y otros. Así, la teoría de la evolución tratando de explicar la necesidad biológica de la conducta amorosa, señala que ésta vendría a ser consustancial con la condición de ser humano y su mayor importancia radicaría en facilitar la supervivencia de la especie. Tanto el deseo sexual como la unión de la pareja estuvieron desde antes relacionados con la reproducción y tuvieron un refuerzo positivo en los primates superiores que los orientó al placer no sólo en las relaciones sexuales sino en la pertenencia a la pareja y la parentalidad. De allí que los seres humanos estaríamos ancestralmente constituidos para las relaciones sexuales, el enamoramiento y el cuidado de los hijos.
Esta interpretación da pie para entender las diferencias en la conducta sexual y el amor entre el hombre y la mujer. Concurrirían dos procesos fundamentales que explican la selección sexual y la inversión parental diferenciada de uno y otro sexo. Se postula que la selección sexual depende de dos procesos diferentes, por un lado la selección intrasexual y por el otro la epigámica. Por la primera se trata de la presión que ejercen los miembros de un sexo sobre el otro a través de la competencia, los machos se enfrentan por las hembras y gana el mejor dotado. Por la segunda, la inversión parental, se cree que si un sexo selecciona al otro de acuerdo con ciertas capacidades, estos talentos tendrán que ser propios naturalmente de uno y no del otro. La inversión parental es el gasto de tiempo, energía y riesgo que pone en juego el padre para garantizar la supervivencia del hijo, siendo evidente que la inversión de las hembras es mucho mayor que la de los machos.
En la especie humana, las mujeres serán mejores objetos sexuales de acuerdo a su apariencia juvenil y maternal, es decir en función de la fertilidad. Por su lado las mujeres deberían ser más selectivas en la elección de pareja dado que su inversión parental es mayor. La hipótesis evolucionista apoya la idea de que para favorecer la reproducción de la especie, el amor llamado “lúdico” sería propio de los hombres y el “pragmático” de las mujeres.
Bases biológicas. Partamos reconociendo que la comprensión de las bases neurobiológicas del placer, y mucho más del erotismo, está en su comienzo. El aporte de Burgdorf y Panksepp sobre el estudio de las “emociones positivas”, ha concitado últimamente gran interés científico. Por ellos sabemos que los aspectos cognitivos de las emociones, como reconocer una cara feliz o triste, son procesados a nivel neocortical, pero la experiencia de felicidad o tristeza está fuertemente vinculada a circuitos límbicos sub-neocorticales que compartimos con otros mamíferos.
La investigación neurobiológica también se ha dirigido a estudiar la infraestructura de la vivencia amorosa y ha lanzado la hipótesis de que en el cerebro humano, en el transcurso de unos cinco millones de años de evolución como homínidos, se han desarrollado estructuras cerebrales que serían su soporte físico. Consisten en sistemas nerviosos, asociados a motivaciones específicas que se corresponden con vivencias, conductas y una química cerebral especial.
Se propone la presencia de tres sistemas neurales: apareamiento, reproducción y parental. El circuito del apareamiento es el soporte del impulso sexual, la vivencia del deseo y las relaciones sexuales, íntimamente asociado con las hormonas sexuales, estrógenos y andrógenos. El circuito reproductivo vinculado con la motivación al amor romántico, vivencias del tipo de felicidad y obsesividad propias del enamorado, la conducta que traduce la unión emocional de la pareja y sustancias tales como la dopamina, norepinefrina y serotonina. Finalmente el sistema parental asociado al "amor amistoso", la identidad emocional de la pareja y las relaciones estables, con la concurrencia de la oxitocina y la vasopresina. Estudios modernos de imagenología están permitiendo identificar con más precisión las regiones cerebrales en las que se asentarían los circuitos nerviosos mencionados.
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