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EL VOTO DEL AMOR PDF Imprimir E-mail
Continuamos con la versión libre de algunas de las principales ideas del filósofo Scruton sobre la sexualidad, entresacadas de su trabajo “Sacrilegio y Sacramento”, uno de los capítulos del libro “The Meaning of Marriage: Family, State, Market, and Morals”, 2006.
Luego de ocuparnos de su versión del Sexo Postmoderno ahora nos referimos al tratamiento que le da al amor, en un texto que denomina “El voto del amor”

VOTO Y PROMESA
Los términos voto y promesa, dice Scruton, nos llevan al centro de lo sagrado. Se puede ver desde los poemas homéricos, Virgilio; las sagas islandesas y todas las historias de personajes sometidos a las costumbres tribales.
Cuando la Iglesia declaró al matrimonio como un Sacramento vivido ante el altar y en la presencia de Dios, no fue más que el intento de dar un marco institucional al voto o la promesa. Desde una perspectiva interna el voto habría precedido a la decisión de la Iglesia. Pero la concepción del matrimonio como Sacramento llevó a la sensación de que algo similar se daba en el amor erótico.

EL AMOR EROTICO
¿Dónde se origina esta visión sagrada del amor erótico?
Los antropólogos nos pueden hablar de la utilidad del amor erótico y por qué ha acompañado la evolución de la sociedad. Lo que no hacen es develar sus raíces, centradas en la experiencia humana ni comprender que pasa con la vida moral cuando esta se menoscaba y el abrazo sexual es el que vence.

Tengamos la precaución de tener presente que los antropólogos están tentados de trasladar su perspectiva personal a la conducta de las poblaciones que estudian. Fue el caso de la investigadora norteamericana Margaret Mead quien recorrió todo Samoa estudiando la vida erótica de los aborígenes para luego solo afirmar que el sexo en Samoa era similar al de Nueva York.

La concepción de la santidad del vínculo erótico se conecta con la de la castidad, el celibato y la promesa del amor. Todos estas materias interesaron a la literatura medieval y aparecieron en el tiempo cuando la visión eclesiástica del matrimonio como Sacramento empezó a sostenerse tanto por la Ley cuanto por la visión del pensamiento de la Europa Medieval.

LA EDAD MEDIA
La literatura del llamado amor cortés, que floreció principalmente en Francia, tal como lo hemos conocido, fue un intento por llevar lo erótico desde el corazón de la pasión animal a una elección de carácter racional. Esta literatura se inspiró en las teorías neoplatónicas, que estuvieron también en la base de muchas de las concepciones metafísicas que dieron forma a la teología de la Iglesia medieval.
Teorías que habían ejercido gran influencia en la literatura islámica e hispano arábica, como se expresó en los trabajos de Avicena y Sufi.
Gran parte de lo que es propuesto por poetas y filósofos del amor cortés nos parece un poco absurdo. El gran legalismo de “Le Roman de la Rose” y las ficciones de las “Cortes del Amor” descritas por Capellanus, los sentimos como un intento para negar la verdad, es decir que el deseo sexual no es una elección o una decisión razonada, sino más bien una pasión.

La gente del medioevo fue consciente de esta situación y al lado de la literatura cortés podemos encontrar las historias de Tristán e Isolda y Troylo y Crésida, que exponen con fuerza la instintividad de los deseos sexuales y su capacidad para sobrepasar todo lo que pueda oponérseles, desde lo legal, lo convencional y las restricciones institucionales.

Es en cada uno de estos dramas de pasión que podemos hallar una explicación para la idea del voto del amor y el aura de santidad que lo rodeó. La verdad es que la promesa no es impuesta por la costumbre ni requiere regulaciones legales. Está presente en cada experiencia del deseo sexual, como se puede ver en las historias medioevales.
El deseo de Isolda por Tristán infringe el voto matrimonial pero nos dice que el verdadero voto no era para su esposo el rey Mark sino para Tristán. El pecado de Crésida no es que ella viole las leyes del matrimonio sino que traiciona el voto del amor que estuvo presente en sus primeros deseos y que era dirigido a Troylo.

ORDINARY PEOPLE
Está bien, puede Ud. decir, esto podría ser verdad en la ficción, en las historias, pero ¿qué significa para la vida del resto de nosotros? No somos seres que vivimos pasiones extremas como las de Abelardo y Eloísa ni dados a relaciones amatorias tan catastróficas.

Nosotros mas bien aspiramos a tener una vida más tranquila y vemos al deseo sexual como una fuente de placer, pero alejados de las grandes obsesiones de los amantes históricos. Eso evidentemente nos mantiene a salvo de amores que terminan en muerte.

La respuesta, siempre según Scruton, puede encontrarse en la historia de la cultura. Se puede decir que el voto del amor, concebido de una manera en la literatura cortés y de otra por la infracción de la misma, es en ambos casos de carácter ideológico.
Es el intento de presentar como una verdad filosófica permanente un hecho que no es más que una moda pasajera, cuya utilidad sería la de asegurar las relaciones de propiedad pero no podría ser considerada una condición humana verdadera.
El mito del voto del amor ha tenido gran influencia en la cultura occidental que ha presentado en forma exaltada el amor del hombre por la mujer, como en Shakespeare y Milton, las pasiones heroicas de Racine, la literatura del amor romántico en las óperas de Bellini, Verdi y Wagner. Pero, todo lo dicho sería sólo cultura y no naturaleza.
Otras culturas conciben el amor, el deseo y el matrimonio de diferentes maneras y, la idea del matrimonio centrado en una elección personal y un compromiso existencial es lejana en las tradiciones orientales.

DESEO SEXUAL
Es difícil estar en desacuerdo con esto aunque hay algo que está en el centro de la concepción medieval del voto del amor y en las costumbres maritales propias de la época.
Esto es, la intencionalidad propia de la emoción sexual del ser humano. El deseo sexual no es un deseo por sensaciones sino por una persona, es decir, no por su cuerpo como un objeto del mundo físico, sino como un sujeto incarnado, en quien la luz de la propia conciencia brilla y que me enfrenta mirada a mirada y yo a yo.

El deseo verdadero es una suerte de petición, que demanda reciprocidad, mutualidad y aquiescencia compartida. Es pues un compromiso y además una señal de alarma.

He tratado de defender estas ideas varias veces. No son discursos sobre la cultura ni acerca de la manera en la que el deseo ha sido racionalizado, idealizado o restringido por las instituciones sociales. Son concepciones sobre un estado particular de la mente, el deseo, que sólo los seres racionales pueden experimentar, pero que tiene sus raíces en nuestra corporalidad como miembros de la especie humana.
Hay otros estados parecidos al deseo sexual pero que no conllevan intencionalidad, como ser la excitación sexual provocada por la pornografía o la que encuentra alivio en el fetichismo o la necrofilia. Aclarando, diremos que hay un conjunto de perversiones cuya finalidad no es poseer a la otra persona en un marco de mutua concesión, sino más bien el alivio que busca uno en el cuerpo de alguien, esclavizándolo o humillándolo, tratando al otro como un instrumento con el cual se obtiene alguna excitación sensorial.

Llamando a estas situaciones “perversiones” enfatizamos un defecto en la intencionalidad. No pueden ser entendidas como expresiones del deseo sexual.
Tal es la complejidad de la condición humana que las fuerza mentales que emergen de nosotros pueden encontrar salidas muy peculiares. Pero, al describirlas como perversiones, nos damos cuenta de que un estado normal de la mente es el que tiene un objeto normal, una normal plenitud y un curso normal hacia su meta.

En el caso del deseo sexual la norma puede ser vista desde afuera en términos de su función social y también internamente como una característica de la intencionalidad y la situación en la cual el o ella, los seres humanos, son deseados.

 
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