36. "Le dijo Simón Pedro: Señor ¿a dónde vas? Jesús le respondió: A donde yo voy no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después."
Juan es el único evangelista que relaciona el anuncio de la negación de Pedro con el anuncio de Jesús de que Él se va a ir lejos de ellos, hecho poco antes. A la pregunta precipitada de Pedro, Jesús reitera que se va a un lugar donde él no lo puede seguir por ahora, pero después le seguirá.
En este intercambio hay un malentendido, porque los discípulos no se han dado cuenta de que Jesús está hablando de su muerte y por tanto de irse al más allá, al cielo (adonde por ahora ninguno lo puede seguir), mientras que ellos piensan que Jesús está hablando de irse a algún lugar de la tierra, del más acá.
Con cierta frecuencia se dan en el evangelio de Juan estos desencuentros entre lo que Jesús alude y lo que sus oyentes –sean los discípulos o los judíos- entienden. Los tres evangelios sinópticos están más anclados en la realidad terrena.
Al decirle "después me seguirás" Jesús le anuncia a Pedro su muerte. Esto no tendría en sí nada de extraordinario porque todos hemos de morir y llegará el día en que Pedro morirá también. Pero las palabras de Jesús apuntan a algo más profundo: Algún día me seguirás al sacrificio, es decir en la clase de muerte que yo sufro ahora. Así como yo doy mi vida por ti ahora, tú algún día la darás por mí, es decir, por mi causa; no naturalmente en el mismo sentido en que Jesús muere por Pedro (y por todos nosotros) para expiar sus pecados y los nuestros, sino en otro más limitado. Sus palabras tienen el carácter de una profecía velada, que después de la resurrección, en la última escena de este evangelio, se hará más concreta (Jn 21:18).
En esta acción sin embargo hay una reciprocidad: Jesús muere en la cruz por amor a edro; Pedro padecerá el sacrificio de la cruz por amor a Jesús. La tradición eclesiástica afirma, en efecto, que Pedro fue crucificado en Roma, posiblemente durante la persecución de Nerón, y que él pidió que cuando lo crucificaran lo pusieran de cabeza, porque no se consideraba digno de morir de una manera semejante a la forma en que murió su Maestro.
Pero lo que hizo Pedro no nos está negado a nosotros.
Todos podemos morir a nosotros mismos por amor a Jesús y algún día podremos ofrecerle nuestra muerte como una ofrenda de amor, así como le ofrecemos todo lo que experimentamos, incluyendo nuestras pruebas y sufrimientos, en suma, toda nuestra vida, viviendo para Él. Pablo lo expresa así: "Y si vivimos para el Señor vivimos, y si morimos para el Señor morimos." Este es el ideal de la vida cristiana. (Rm 14:8, pero léase el contexto).
37."Le dijo Pedro: Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti."
Pedro protesta de que Jesús diga que no lo puede seguir, como si se tratara de ir a un lugar lejano, inhóspito, al que hubiera que llegar por un camino escarpado y difícil. No se trata evidentemente de eso. Pero en realidad, aunque él no supiera de qué estaba hablando su Maestro, Pedro no podía seguir a Jesús en el camino de la cruz que iba a emprender, a pesar de que le asegura que pondría su vida por Él.
Pedro es evidentemente sincero, pero se sobrevalora; es osado pero ignorante, porque no es conciente de su flaqueza y de su cobardía. Dentro de poco se demostrará cuán carente de espíritu heroico era su carácter. Antes de recibir al Espíritu Santo Pedro era impulsivo pero pusilánime. (Nota 1)
38. "Jesús le respondió: ¿Tu vida pondrás por mí? De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo sin que me hayas negado tres veces." (2)
Jesús lo desengaña con una palabra cortante e irónica: ¿Tú dices que estarías dispuesto a morir por mí? No te hagas ilusiones, Pedro; esta misma noche, antes que despunte el día, tú tan jactancioso, te vas avergonzar de mí, vas a negar asustado que me conoces, no una sino tres veces. (3)
¡Ay Pedro! ¡Cómo nos parecemos a ti! En un arranque de entusiasmo nos comprometemos a hacer grandes cosas por Dios, pero cuando llega el momento de hacerlas retrocedemos ante las dificultades y el esfuerzo que demanda; presentamos toda clase de excusas para justificarnos. Queremos las cosas cómodas que no perturben nuestra vida, nuestra rutina.
No obstante ansiamos sentirnos como si fuéramos héroes. La vida cristiana en verdad rara vez está hecha de actos heroicos, pero la disciplina de la fidelidad diaria sí exige de nosotros una constancia heroica. Amar a nuestros semejantes, al prójimo, a pesar de sus defectos no es fácil. Dar bien por mal; no ser vencido por el mal sino vencer con el bien el mal requiere una persistente negación de nosotros mismos (Rm 12:17,21). Pero si nos jactamos de nuestra santidad en público, Dios verá la oportunidad de avergonzarnos también en público y hacer patente nuestra miseria.
Nota
1. Edersheim con mucha propiedad acota: "Los pecados que consideramos más lejos de nosotros son los que nos están más cercanos".
2. Los romanos dividían la noche en cuatro vigilias. La tercera empezaba cuando el gallo cantaba por primera vez.
3. Agustín dice al respecto: "El enfermo se jactaba de su voluntad, pero el Médico conocía su debilidad; aquél prometía, éste preveía; era osado el ignorante, y quien todo lo sabía le instruía."
(1) www.lavidaylapalabra.com 1 Julio 2008
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