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EL DON DEL CELIBATO (*) Primera Parte PDF Imprimir E-mail
Por Carmelo Rodríguez
Sumario
I. Introducción.- 1. Terminología.- 2. El celibato en la historia.- II. Naturaleza del celibato: 1. Celibato por el reino de los cielos (Mt 19,12).- 2. Con corazón indiviso (1 Co 7, 32-34).- 3. La grandeza de un don de Dios.- 4. Razones del celibato.- 5. Paternidad espiritual.- 6. Santidad y apostolado en el celibato y en el matrimonio.- 7. Discernimiento del don del celibato apostólico.
I. Introducción

La primera descripción que la Biblia hace del hombre es que ha sido creado por Dios en pareja, de forma que el hombre y la mujer constituyen una unidad superior, pues ambos son creados el uno para el otro. En este sentido, el matrimonio se presenta como la condición original del hombre. Las dos versiones que relata el Génesis (Gén 1,26-28; 2,18-25) -si bien literalmente difieren entre sí- tienen un propósito común: mostrar que el hombre y la mujer se unirán para ser "una sola carne". Ello posibilita a Juan Pablo II definir con rigor a la persona humana como un "ser esponsalicio". Y es que la situación común del hombre y de la mujer es desarrollar su existencia adulta, regularmente, en matrimonio.

No obstante, la renuncia al estado matrimonial no es un hecho aislado en la historia de los pueblos, pues algunas culturas han dado cierto valor religioso a la virginidad.

Es el caso, por ejemplo, de las vestales de Roma, de algunas expresiones de los ascetas hindúes y de la vida monacal de los bonzos/as budistas. También en la religión de Israel, aunque los hebreos profesaban el amor al matrimonio y consideraban la soltería como un mal no deseado (Gén 30,23; Is 54,4), en tiempo de Jesús se practicaba el celibato por algunos miembros de la secta de los esenios.

Pero es en el cristianismo donde el celibato adquiere un claro y eminente sentido religioso. De hecho es el mismo Jesús quien presenta como un nuevo valor la renuncia al matrimonio por amor al reino de los cielos (Mt 19,12). De este modo, muy pronto, ya en la época apostólica y más común en la historia de los primeros siglos del cristianismo, no fueron inusuales los casos de hombres y mujeres ?a ambos se les denominaba "vírgenes"- que, renunciando al matrimonio, dedicaron su vida a Dios como célibes, sin compartir un amor humano. A partir del siglo III aparecen los anacoretas, aunque la vida eremita-cenobítica será un fenómeno social (votos, hábitos, etc.) sólo desde mediados del siglo IV. Posteriormente, con el monacato, se inaugura un estilo de vida célibe, con expresa renuncia al matrimonio por el reino de Dios.

* * * * *

El celibato por el Reino de los Cielos es un carisma y un don con el que el Señor ha bendecido a su Iglesia desde su mismo origen, pudiendo ser asumido por cualquier cristiano. Es un gran testimonio de fe y una fuente de energía al servicio de la Evangelización.

El celibato no es una simple opción o aspiración humana. Es un don de Dios. No se deduce de las condiciones de este mundo, sino del anuncio del Evangelio, de lo que Jesucristo mismo ha vivido y predicado. Por eso, la Iglesia nunca ha querido someter esta disciplina a consideraciones culturales o de oportunidad histórica. Un don personal, una manifestación del amor con que Dios quiere a las criaturas, siempre al servicio de la Iglesia y de la Evangelización.

1. Terminología

Este trabajo está dirigido a personas que han sido agraciadas con el don del celibato y tiene como finalidad ayudar comprender mejor la grandeza y profundidad del don y, de esta manera, trasmitirlo a los demás.

En cuanto a la terminología interesa advertir que para designar el "celibato" se emplea también con frecuencia en la tradición teológica el término "virginidad". Aunque estos dos términos no tienen el mismo significado estricto, en el contexto de este guión se pueden usar como sinónimos [1]. No obstante, se optará preferentemente por el primero [2].

San Josemaría Escrivá utilizó, dándole un sentido nuevo al aplicarlo a los cristianos corrientes, la expresión "celibato apostólico". Lo llama "apostólico" porque es un don que lleva a participar de modo especial en la misión apostólica, por amor a Dios, como se verá después.

Una última observación terminológica, aunque sea bien conocida, se refiere a la diferencia entre "celibato" y "castidad". El término "celibato" no equivale a "castidad perfecta". La castidad es una virtud que todos los cristianos han de luchar para vivir perfectamente, tanto en el celibato como en el matrimonio. Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. Ni unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo y del propio corazón, para poder darlos sacrificadamente a otros [3].

Conviene tener presente que afirmar el gran valor del don del celibato no significa desestimar el matrimonio.

El Catecismo de la Iglesia Católica lo recuerda con palabras de un Padre de la Iglesia: «quien desprecia el matrimonio reduce también la gloria de la virginidad; quien lo elogia, realza la admiración que se debe a la virginidad (...). Lo que resulta bello sólo en relación con lo que es feo, no puede ser muy bello; pero lo que es mejor entre las cosas consideradas buenas, es la más bella en absoluto» [4].

2. El celibato en la historia

En relación con el celibato, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña lo siguiente: «Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales (cfr. Lc 14,26; Mc 10,28-31). Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya (cfr. Ap 14,4), para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle (cfr. 1 Co 7,32), para ir al encuentro del Esposo que viene (cfr. Mt 25,6). Cristo mismo invitó a algunos a seguirle en este modo de vida del que Él es el modelo» [5].

Entre los primeros cristianos, numerosos fieles corrientes recibieron el don del celibato y lo acogieron con alegría, siguiendo el modo de vida del Señor. De esta realidad histórica hay testimonios en los Padres y autores cristianos más antiguos.

Ya en el siglo I San Clemente Romano exhortaba a los que vivían el celibato a no envanecerse por haber recibido ese don [6]. Poco después, a finales del siglo I o a comienzos del II, San Ignacio de Antioquía les recomendaba de nuevo que fueran humildes [7]. En el siglo II, San Justino y Atenágoras afirman expresamente que muchos cristianos, hombres y mujeres de toda condición, siguiendo a Cristo desde la juventud, permanecían célibes toda la vida [8].

También desde el inicio, la Iglesia ha reconocido una particular conveniencia del celibato para el sacerdocio ministerial [9]. Esta conveniencia se manifiesta en la disciplina eclesiástica sobre el celibato sacerdotal, de diversos modos en el rito latino y en los ritos orientales [10].

En el siglo II aparece formalmente en la Iglesia el "orden de las vírgenes", constituido por mujeres que hacían profesión pública de virginidad por el Reino de los Cielos. Eran consagradas mediante una ceremonia litúrgica en la que recibían un signo distintivo [11]. Tenían un lugar reservado en las celebraciones litúrgicas y llevaban un peculiar género de vida, que es un precedente del estado religioso [12].

A finales del siglo III surge la vida eremítica y después la cenobítica y monástica, caracterizadas por un apartamiento del mundo para dedicarse a la oración y dar testimonio de que las realidades temporales no son el fin último (testimonio escatológico) [13]. Más adelante florecen diversas formas de vida religiosa en las que la "renuncia al mundo" [14] no implica un alejamiento material de las realidades temporales, pero sí una relación con esas actividades distinta de la que es propia de los fieles corrientes [15].

En general, el estado religioso comporta una consagración a Dios por la profesión de los votos de pobreza, castidad y obediencia, que «manifiesta el desposorio admirable establecido por Dios en la Iglesia, signo de la vida futura» [16]. Todo esto configura profundamente la vida espiritual, con manifestaciones propias en las diversas espiritualidades religiosas. El celibato que forma parte de esta consagración ?distinta de la del Bautismo? es un "celibato consagrado" que está al servicio de la vocación y misión propias de la "vida consagrada" [17].

Lo que se ha dicho en los tres párrafos anteriores es suficiente para concluir que el don del celibato puede estar al servicio de la vocación y misión propia de los fieles laicos, o del sacerdocio ministerial o de la vida consagrada [18]. En este sentido se puede hablar de un celibato apostólico de los laicos, de un celibato sacerdotal y de un celibato consagrado.

En lo sucesivo nos referiremos sobre todo al celibato apostólico de los laicos, cuya misión propia es santificar todas las actividades temporales «desde dentro» [19]. Lógicamente, una parte de las consideraciones que se harán en este guión pueden aplicarse a todas las formas de celibato.

II. Naturaleza del celibato

1. Celibato por el reino de los cielos (Mt 19,12)

El celibato por el Reino de los Cielos no es una invención humana. Jesucristo nuestro Señor ha revelado la existencia de este don, su sentido y su valor.

Para explicarlo utiliza una comparación que Él mismo invita a entender bien: «En efecto, hay eunucos que así nacieron del seno de su madre; también hay eunucos que así han quedado por obra de los hombres; y los hay que se han hecho tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda» (Mt 19,12).

Este lenguaje radical ?que según algunos comentaristas es una respuesta de Jesús a quienes le criticaban por no casarse, actitud insólita en el Antiguo Testamento [20] ? induce a pensar que quienes reciben el don del celibato han de tener la firmeza de carácter necesaria para no temer los juicios humanos o las críticas, y para vivir las exigencias de su vocación personal. El Señor advierte que «no todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido» (Mt 19,11).

En cuanto al contenido, el núcleo de la enseñanza es claro, y se puede resumir en los siguientes puntos:

? hay personas que renuncian al matrimonio no por incapacidad, sino por una decisión libre de su voluntad;

? lo hacen por un motivo sobrenatural: por el Reino de los Cielos, es decir, para «participar de modo singular en la instauración del Reino de Dios en la tierra» [21]; esto comprende tanto la instauración del Reino en la propia vida como en la de los demás, de modo que el motivo del celibato es, inseparablemente, el amor a Dios y el amor a las almas;

? el celibato implica la renuncia a un bien ?el matrimonio ? por otro bien más alto; es la elección positiva de un bien, no una simple renuncia;

? la decisión de vivir el celibato, respondiendo al don de Dios, es para toda la vida, y no sólo por un tiempo, como se desprende de la misma expresión metafórica empleada por Jesucristo, que indica un estado definitivo [22].

2. Con corazón indiviso (1 Co 7, 32-34)

San Pablo, después de señalar que «cada cual tiene de Dios su propio don» (1 Co 7,7) ? unos, como él mismo, el celibato, y otros el matrimonio?, añade: «el que no está casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; el casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer, y está dividido» (1 Co 7,32-34). Lo mismo repite para la mujer (cfr. 1 Co 7,34). Y en el versículo siguiente reafirma la excelencia del celibato con estas palabras: «os digo esto sólo para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino en atención a lo que es más noble y al trato con el Señor, sin otras distracciones» (1 Co 7,35). En estos textos se ponen de manifiesto algunos puntos importantes que se comentan a continuación.

2.1. El motivo del celibato es, inseparablemente, el amor a Dios y la entrega a la misión apostólica

El Señor enseña que la razón de ser del celibato es la extensión del Reino de los Cielos (Mt 19,12), y San Pablo escribe, como acabamos de ver, que el motivo del celibato es el trato con el Señor sin distracción (1 Co 7,35).

Estos dos aspectos no sólo son inseparables, sino intrínsecos el uno al otro. En efecto, la razón de ser de la misión apostólica es el amor a Jesucristo; y este amor al Señor necesariamente comporta la participación en su misión: el apostolado.

Entender la inseparabilidad entre el amor a Dios y el amor a los demás, o entre santidad y evangelización, es base indispensable para comprender el celibato.

Al incorporarnos a la Iglesia en el Bautismo, hemos sido hechos hijos de Dios y partícipes en el sacerdocio de Cristo. No cabe disociar la vida interior y el apostolado, como no es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor [23].

La continuidad de la enseñanza de San Pablo con la del Señor se observa especialmente en la correspondencia entre la expresión «por el Reino de los Cielos», con la que Jesús designa el motivo del celibato, y la locución paulina «el que no está casado se preocupa de las cosas del Señor». Estas palabras ?comenta Juan Pablo II? «significan en primer lugar "el Reino de Cristo", su Cuerpo que es la Iglesia (cfr. Col 1,18) y todo lo que contribuye a su crecimiento» [24]. Por tanto, las palabras de San Pablo indican que el «trato con el Señor sin otras distracciones» ?el amor a Dios en el celibato? tiene una intrínseca dimensión apostólica: preocuparse de «las cosas del Señor» (la extensión de su Reino, la salvación de las almas).

2.2. El don del celibato es, en sí mismo, superior al del matrimonio

San Pablo afirma que quien está casado «está dividido» (1 Co 7,34), mientras que el célibe por el Reino de los Cielos no lo está. La división se debe a que el casado se tiene que preocupar «de cómo agradar a su mujer» (1 Co 7,33) y la casada de «cómo agradar a su marido» (1 Co 7,34), mientras que quien ha recibido el don del celibato se puede preocupar sólo de «cómo agradar a Dios» (1 Co 7,32), y ?como escribe San Josemaría? puede ofrecerle el corazón indiviso, sin la mediación del amor terreno [25].

La vocación del casado lleva consigo la necesidad de luchar, con la ayuda de la gracia, para superar esa división, pues también ha de amar a Dios con todo el corazón y con todas las fuerzas (Mc 13,30): no está llamado a una santidad menor [26].

A la vez, hay que afirmar que el celibato es un don más alto que el matrimonio, como la Iglesia enseña expresamente, tanto en el Concilio de Trento [27], como en el Magisterio posterior.

Por ejemplo, Juan Pablo II recuerda que «la Iglesia, durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad de este carisma [la virginidad] frente al del matrimonio, por razón del vínculo singular que tiene con el Reino de Dios» [28]. A ambos aspectos ?superioridad del celibato en cuanto don, y vocación a una igual santidad? se ha referido San Josemaría repetidas veces.

3. La grandeza de un don de Dios

El celibato es un don de Dios que testimonia ?como enseña Juan Pablo II? «que el Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe preferir a cualquier otro valor aunque sea grande, es más, que hay que buscarlo como el único valor definitivo» [29].

Así como el que encuentra "la perla preciosa", en la parábola del Evangelio (cfr. Mt 13,46), se llena de alegría por su suerte, y quien halla el "tesoro escondido" en un campo se enriquece enormemente (cfr. Mt 13,44), también quien recibe el don del celibato, si corresponde con generosidad, encuentra el amor de Dios que colma de felicidad el alma y es fuente de fecundidad sobrenatural.

(*) almudi.org 11 Mayo 2006
 
 
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