
Y es que, gracias a las dotes naturales que le son propias, puede enriquecer enormemente el conjunto de la vida civil, pero muy particularmente las esferas que más afectan al desarrollo o la contrahechura de la persona en cuanto tal: la legislación familiar o educativa, el creciente ámbito de las relaciones humanas y, muy en concreto, cuanto se relaciona con la comunicación hondamente concebida.
Con otras palabras, y como los hechos demuestran, solo la presencia activo-femenina de la mujer puede asegurarnos que se respetarán los valores genuinos de la persona a la hora de tomar aquellas medidas que incidan con mayor vigor en la vida de las familias, en la constitución de un ambiente realmente educativo y, con todo ello, en el porvenir de la juventud y de la humanidad.
Todo lo anterior, como decía, es una persuasión firmemente arraigada en mi entendimiento y en mi labor cotidiana. Pero también tengo muy claro que la función femenina en la vida pública, ¡como la de los varones!, solo será eficaz en la medida en que cada mujer forje y refuerce su personalidad en el seno de una familia, donde asimismo ha de reponer día a día las energías gastadas.
Con el añadido de que en el hogar la mujer ejerce muy particularmente ese papel de motor y estímulo que hasta ahora he atribuido casi indistintamente a los dos cónyuges: de ahí mi convicción —fraguada tanto en los estudios como en la vida vivida— de que la buena marcha de una familia depende, al término y decisivamente, de la calidad y entrega de las mujeres que de ella forman parte.
Soltera o casada, según las circunstancias, pero siempre miembro eminente de un hogar, es la mujer, en fin de cuentas, la clave y el arranque de la alentadora humanidad que cada ser humano está destinado a transmitir a los otros.
Y a los varones nos corresponde hoy día, en contra de lo que habitualmente se afirma y con frecuencia se vive, hacer posible y amable el pleno desarrollo de la mujer… para con ello impulsar el progreso genuinamente humano de la sociedad en su conjunto, sin discriminaciones.

¡Una función en cierto modo secundaria… de la que me siento plenamente orgulloso y satisfecho y que lucho denodadamente por cumplir lo mejor que sé! [19]
VI. En todo el mundo a través del hogar
Por eso, sin disminuir para nada la urgencia de personalizar el universo, «feminizándolo» mediante la presencia inmediata de la mujer en el conjunto íntegro de las tareas que en él desempeñen, concuerdo muy a gusto con lo que, en su momento, expresara Wilhelm Riehl:
«Es la mujer quien vivifica las costumbres de la casa, infundiendo un hálito vital a la soledad del hogar. La norma especial doméstica y el carácter individual de la casa está casi siempre determinado por la mujer».
Y me adhiero aún más cordialmente a esta afirmación de Jókal, hoy tan tristemente olvidada: «El hogar no es humillante: puede ser un trono, desde el que una mujer gobierna el mundo»… con el apoyo, tan imprescindible como simplemente auxiliar, del varón.
Y a esta otra de von Leixener:
«Una mujer que vive fiel y feliz dedicada a su propio hogar teje hilos de oro en el destino de sus hijos.»
(Puedo afirmar todo lo anterior también porque mi propia mujer, desde antes de casarnos, aspira a dedicar todas sus energías al cuidado de quienes componemos su familia. El hecho de que «las aritméticas: las entradas y las salidas» lo hayan impedido hasta el momento, no resta ningún valor a la agudeza y perspicacia que supone el percibir que la atención directa a las personas constituye un trabajo —en el sentido más elevado de este término— que acoge con mayor facilidad que ningún otro la única y decisiva razón de su grandeza: el amor, mediante el que se procura el bien para los demás).

Son bastantes los que advirtieron desde hace lustros la tremenda y eficaz influencia que, como esposa y madre y «creadora de familia», la mujer estaba llamada a ejercer desde el interior de su hogar. Junto con algunos de ellos, y apuntando de nuevo a la esencia de todo el asunto —al amor—, me atrevo a preguntar, ya para ir terminando: «Pero, vamos a ver: ¿qué es la proyección social sino darse a los demás, con sentido de entrega y de servicio, y contribuir eficazmente al bien de todos?»
A lo que también yo respondo, como fruto de muchos años de reflexión y del cariño y la admiración casi ilimitados que tengo a mi propia esposa: «La función de la mujer en su casa no solo es en sí misma una función social, sino que puede ser fácilmente la función social de mayor proyección.»
Y ejemplifico: «Imaginad que esa familia sea numerosa: entonces la labor de la madre es comparable —y en muchos casos sale ganando en la comparación— a la de los educadores y formadores profesionales. Un profesor consigue, a lo largo quizá de toda una vida, formar más o menos bien a unos cuantos chicos o chicas.
Una madre puede formar a sus hijos en profundidad, en los aspectos más básicos, y puede hacer de ellos, a su vez, otros formadores, de modo que se cree una cadena ininterrumpida de responsabilidad y de virtudes.»
Para ya concluir del todo: «También en estos temas es fácil dejarse seducir por criterios meramente cuantitativos, y pensar: es preferible el trabajo de un profesor, que ve pasar por sus clases a miles de personas, o de un escritor, que se dirige a miles de lectores.
Bien, pero ¿a cuántos forman realmente ese profesor y ese escritor? Una madre tiene a su cuidado tres, cinco, diez o más hijos; y puede hacer de ellos una verdadera obra de arte, una maravilla de educación, de equilibrio, de comprensión, de sentido cristiano de la vida, de modo que sean felices y lleguen a ser realmente útiles a los demás» [20]… que es, en definitiva, lo único que cuenta.
(*) ARBIL, N° 115, 2008