http://sexualidadsana.com.pe/principal


FEMINIZAR EL MUNDO. El papel insustituible de la mujer (*) (CUARTA PARTE) PDF Imprimir E-mail
III.La tarea ( continuación)

Una falsa oposición

Ejercicio profesional fuera de casa y quehacer también profesional dentro de ella son dos esferas que de ningún modo deberían enfrentarse ni, por consiguiente —en contra de lo que hoy está tan de moda—, tienen necesidad de ser conciliadas. Pues tanto una tarea como otra son, en el fondo —y es oportuno llegar hasta el fondo, al menos de vez en cuando—, ejercicio del amor, de la búsqueda sincera del bien para los demás.
Repito, por eso, trayendo de nuevo a la mente recuerdos imborrables de mi juventud, que el hogar y la familia han de ocupar un puesto central en la vida de la mujer… como también en la del varón, por una razón poderosísima que, día a día, voy advirtiendo con mayor claridad: que la dedicación a los menesteres familiares —en el sentido más amplio y noble de estos términos— componen sin duda el más grande quehacer que cualquier ser humano puede realizar en la tierra [13].

A estas alturas, ¿podría alguien imaginar que ese ejercicio sublime elimine por principio y de por vida la posibilidad de ocuparse en otras labores profesionales?; o, yendo más el fondo, ¿que la atención prioritaria a las inigualables exigencias de la familia impidan atender a cualquiera de los oficios que conforman la urdimbre de la sociedad contemporánea…?

¿No será más bien la actividad desplegada en el seno de la familia la condición de posibilidad —masculina y femenina— de desempeñar cualquier otro quehacer, incluida la profesión, con eficacia propiamente humana? ¿No habría que hablar de sinergia, en lugar de conciliación?


Por eso, el empeño por oponer los ámbitos de la familia y del trabajo profesional, y por abandonar el primero, ha conducido a un error más grave que el que se trataba de corregir: pues nadie puede «personalizar» a las personas —varones y mujeres— sino con la fuerza ganada día a día en el seno del propio hogar [14].

IV.Dignidad suma del trabajo en el hogar

La gravedad de ese abandono por parte de la mujer me parece muy clara, igual que me lo parece, por razones muy similares, aunque no del todo idénticas, la ya multisecular y aún no corregida deserción del varón.

Y es que, como acabo de sugerir, sin la presencia de una tan discreta como eficaz mano femenina resulta bastante arduo lograr el ambiente de familia en que deben desenvolverse y crecer personalmente la gran mayoría de los seres humanos.

Espero que nadie me malinterprete. No intento pasar de contrabando una especie de coartada para que los varones se desentiendan de contribuir —en primera persona, por derecho-deber propio, y no como función subsidiaria— a la edificación de auténticas familias, en todos los sentidos de este vocablo.

Más bien pretendo subrayar la grandeza de quienes —en su mayoría, mujeres—, renunciando a veces a éxitos más fácilmente alcanzables en otros ámbitos, dedican sus energías y su competencia a levantar y gestionar, con auténtico sentido profesional repleto de calidez e inteligencia, los hogares propios o los de otras personas, que se amparan en su buen hacer.

Se trata, pues, de un sendero que asegura, y de una manera insoslayable, la presencia femenina en el mundo. Hoy son muchos los que apuntan que el estado de «masculinización» de la mujer provocado por cierto feminismo mal entendido ha hecho de nuestro entorno vital un paraje todavía más inhóspito que en tiempos pretéritos. Se trata de una atmósfera densa, dura, hostil, irrespirable, masculinizada en exceso…: en fin de cuentas, «machista». Y hay que buscarle solución, pero una solución adecuada.

¿Solución?: la mujer

Sin duda, la mujer ha sufrido durante siglos una clara discriminación, modulada de maneras y con intensidades distintas en las diversas esferas, que pedía y sigue pidiendo a gritos ser subsanada… ¡y hasta sus últimas consecuencias! Pero cuando el «remedio» ha consistido en adoptar en la actividad pública los modos de obrar propios del varón, y cuando a eso se ha unido la defección del hogar por parte de bastantes mujeres, el saldo ha sido —como ya he dicho y contra todos los propósitos y previsiones— un recrudecimiento de lo que podrían calificarse como «vicios» típicamente masculinos… ni contrapesados ni dulcificados por la presencia efectivamente femenina de la mujer. [15]

Cuestión todavía más peliaguda por cuanto, en determinados momentos y lugares, esta ha dejado de ejercer también el influjo que durante siglos irradiaba desde el seno de su casa… ¡y que asimismo debería y debe irradiar el varón, con sus características particulares!

Todo lo anterior, con palabras de Mercedes Eguíbar que no dudo en hacer mías, conduce a afirmar sin paliativos, guste o no —¡y a mí me gusta!—, «… la primacía femenina en el orden del mundo. Mientras permanece como guardiana de lo particular e íntimo, no sucede nada. Cuando desea realizarse [de manera exclusiva] en cualquier profesión, aparecen los inconvenientes. Y al mismo tiempo, cuando no se encuentra en el quehacer externo se advierte su ausencia, reina la agresividad y la paz es un ente que no se sabe cómo llegar a poseer.» [16]

O, desde la perspectiva complementaria: «Al ausentarse del hogar para trabajar [exclusivamente] en otra profesión fuera de su casa, [la mujer] ha contribuido, sin desearlo, a crear un vacío que nadie ha ocupado y que origina una fuerte inestabilidad en la familia. El hogar queda huérfano y el matrimonio se debilita. Y al decidirse a no tener hijos, porque no tiene tiempo, invierte la pirámide: el mundo necesita ciudadanos jóvenes y se encuentra con un crecimiento desmesurado de personas mayores.» [17]

¿En su mayoría mujeres?

«Al ausentarse del hogar…»

Precisamente porque se trata de una cuestión muy delicada, no hago sino rozar este extremo. Y lo realizo trayendo a colación las convicciones de un sociólogo italiano, Alberoni, cuya obra lo libera por completo de cualquier acusación de machismo… y de adhesión a credo alguno que no sean los datos que aportan sus investigaciones.

No obstante, sostiene, con acentos en parte un tanto superados:

«Para una mujer enamorada construir y decorar la casa es un acto de amor. Muy a menudo es ella la que elige los distintos muebles y todos los innumerables objetos que necesitarán en su vida futura. Los elige de modo que la casa le guste a su marido, para que él se encuentre a gusto en ella, para que se sienta bien en todo momento de su vida. En su mente ya ve dónde estarán sentados para ver juntos la televisión. Imagina la habitación con el mantel bordado donde recibirán a los amigos, cuál será el sitio del marido, cuál el suyo. Y luego el dormitorio, con las sábanas floreadas como los campos de primavera, las preciosas colchas, las cálidas mantas y los edredones para el gran frío. Y el cuarto para los niños que vendrán, del que ya imagina los empapelados de colores, la suave moqueta para que no se hagan daño. Luego el baño en el que se recorta un poco de espacio para sí, para maquillarse, para estar hermosa. Y el espacio para él, para la navaja de afeitar y su loción para después del afeitado. Luego hay ambientes, como la cocina, en los que deberá trabajar sobre todo ella, cómoda, espaciosa con todo lo que piensa que le podrá prestar servicio. Y pensará en las comidas que podrá cocinar. Si luego el marido tiene una actividad intelectual, hará de modo que tenga su estudio, mientras que, si es un deportista, encontrará espacios en el guardarropa o en armarios especiales para sus objetos.

Al decorar la casa la mujer expresa su visión del mundo, su ideal de vida privada y el tipo de relaciones sociales que quiere instaurar. Pero sobre todo despliega su cuerpo. Cada objeto es una parte de sí misma. Su piel termina con el empapelado de las paredes, con las cortinas. Por esto es ella la que, normalmente, se cuida de la casa, de su mantenimiento. Lo hace como si fuera su cuerpo. Por esto no quiere que entren extraños si no está en orden, presentable. Como no se mostraría ante extraños en chancletas, despeinada. Y como perfuma su cuerpo para sí, para el marido, así tiene horror de los malos olores que puedan impregnar las cortinas, los divanes o la cocina. Y vigila que no los haya. Vigila sobre la suciedad. Teme a los malos olores y a la suciedad como si fueran enfermedades infecciosas. Por eso se pone de mal humor si la limpieza hecha por la asistenta es superficial, si le cambia los objetos de lugar, si estropea un tapiz o rompe algo a lo que ella atribuye un significado simbólico particular. Siente el gesto indiferente, despreciativo de la otra mujer como una ofensa personal que le cuesta olvidar. Como no olvida a un huésped torpe que le ensucia la alfombra. Cada acto que afea su casa lo vive como una violencia personal. Si en la casa entran ladrones lo vive como una violación, una profanación. Muchas mujeres, después de un robo, ya no quieren vivir en aquellos ambientes, los desinfectan, cambian la decoración.

Para la mujer la construcción y la gestión de la casa es también una forma de erotismo. Porque comunica su amor no solo cambiando de peinado, el maquillaje de los ojos o poniéndose una blusa recién planchada, sino también haciendo la cama con sábanas nuevas, poniendo flores frescas o esparciendo esencias perfumadas por la casa. O bien preparando un plato que agrada a su marido.

A menudo el hombre no comprende el refinado trabajo que la mujer lleva a cabo para hacer la casa armoniosa y acogedora. No comprende que esa es una obra de arte continuamente renovada, y que compromete su mente y su corazón. Y si entra en la casa distraído, si tira su ropa sucia por ahí, ella lo percibe como desinterés hacia su persona, como desprecio de su trabajo creativo, y se queda amargada y ofendida.» [18]

Matizaría algún punto, pero estoy sustancialmente de acuerdo; y no pienso que todo sea fruto del influjo de la cultura.


(*) ARBIL, N° 115, 2008

 
< Anterior   Próximo >