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FEMINIZAR EL MUNDO. El papel insustituible de la mujer (*) (TERCERA PARTE) PDF Imprimir E-mail
III.La tarea
Feminizar el universo
Afirmaciones que, lejos de cualquier atisbo de enfrentamiento entre lo masculino y lo femenino, llamados a complementarse dinámica y creativamente —como he esbozado y espero desarrollar en otra ocasión—, nos devuelven en directo a la persona y la exigencia de personalizar el universo humano, que es también devolverle su mordiente ético.
Pero asimismo nos informan de que para lograrlo resulta imprescindible que todos aquellos valores que podríamos calificar «como propios de lo femenino —lo que el psicólogo suizo C. J. Jung llamaba el anima, el cuidado, la atención diligente por los demás— no los consideremos en modo alguno privativos ni exclusivos de la mujer (aunque en ella hayan podido tener una mayor presencia por razones históricas), sino que los advirtamos como igualmente indispensables en el varón, para evitar que este sea simplemente un energúmeno, tan solo preocupado por el poder y la competencia.» [6] Lo que se impone, pues, es un trasvase. Una transfusión que ya se está llevando a término en el seno de muchísimas familias y en otros ámbitos de la sociedad. Pero recuerden lo que acabo de evocar: que el ser humano —varón y mujer— ha sido confiado al cuidado de esta última.

De ahí surge, comenzando por el ámbito del matrimonio, el reto primordial, la exigencia más apremiante y de más calibre de lo que vengo calificando como revolución pacífica que instaurará en nuestro mundo una auténtica civilización el amor.

Es esta la tarea que la mujer no puede aplazar y en la que los medios de comunicación «feminizados» desempeñarían un papel de primer orden, también como elementos de difusión y de propuesta anticipadora. Se trata de devolver la vida auténticamente humana, personal, cálida, jugosamente perspicaz, al conjunto de la familia y, a través de ella, y también directamente, a todo el universo.

Porque, como recuerda de nuevo Pemán en clave un tanto humorística y sin ningún afán de lastimar, «el varón puede hacer sin la mujer todo —arte, ciencia, guerra, política—, todo menos un pequeño detalle: vivir…» [7]

En resumen: con toda probabilidad, la quintaesencia de lo femenino pueda definirse como una cercanía connatural con cada persona y con la importancia de cada detalle de cada vida personal; categoría que nunca podría ser exagerada porque deriva justamente de la condición personal del sujeto de esos atributos.

Dos caminos no excluyentes

¿Cómo ejercer esa función? En lo que me concierne, contemplo la incidencia de la mujer en el mundo encauzada a través de dos vías complementarias:

1. Mediante su acción directa en las instituciones sociales y en las personas que las integran, y muy en particular en todos aquellos ámbitos que permitan comunicar de manera íntima y universal la grandeza de cualquier persona: su carácter eminentemente personal.

2. Y en virtud del influjo, tremendamente efectivo, que ejercen en el hogar.

Mujeres-mujeres


En medio de los vaivenes y las turbulencias de los últimos años en relación con estos temas, siempre han existido quienes han logrado mantener un sereno y lúcido equilibrio. Fueron muy conscientes, como apuntaba, de que la mujer era del todo imprescindible para humanizar el mundo en que nos movemos y, al mismo tiempo, de que esa elevación y saneamiento irrenunciables solo podría ejercerla —como he repetido y ahora pretendo subrayar— si no hacía dejación de su feminidad.

En este sentido, no puedo dejar de recordar, con las palabras directas y certeras de una de las personas que más ha influido en mi vida y en mis ideas a este respecto [8], que el desarrollo, la madurez, la mayoría de edad, la emancipación de la mujer y cuanto quiera añadirse en la misma línea —acertadísimo e indispensable—, nunca deberían convertirse en una anhelo de igualdad igualitaria o de uniformidad con el varón: en una burda imitación de la manera masculino-machista de comportarse.

Y la razón, tras lo que he apuntado, no puede ser más neta. Semejante «avance» de ningún modo podría considerarse un logro, sino más bien una pérdida para la mujer… y, lo que en cierto modo es aún más doloroso, para el conjunto de la humanidad.

Y eso, no porque la mujer sea más o menos que el varón —¿no dije que semejantes comparaciones están fuera de lugar cuando se trata de personas?—, sino porque es distinta y solo podrá cumplir en ella lo humano siendo hasta el fondo lo que por naturaleza está llamada a ser: mujer-mujer, en el grandioso sentido que procuro otorgar siempre a esta expresión.

Como vengo diciendo, solo la mujer puede aportar a la familia, al lugar de trabajo, al conjunto de la sociedad civil, ¡a los medios de comunicación, en particular!, lo que le pertenece nativamente y, no obstante, está llamado a ser patrimonio de todos: su delicada ternura, su generosidad sin límites, su amorosa y perspicaz atención a lo concreto, su creatividad y agudeza de ingenio, su intuición clarividente, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad… Ninguna mujer lo será en plenitud hasta que advierta la hermosura —para nada alienante en un universo previamente feminizado, preñado de amor— de su aportación insustituible… y haga de todo ello vida de su propia vida.

En semejante sentido, Janne Haaland Matláry, que ha desempeñado cargos políticos de primer rango en el Gobierno noruego, escribe: «La colaboración femenina siempre es dife¬rente, su atención a los demás también es distinta. Ellas tienen una inclinación natural hacia las relaciones interpersonales y ha¬cia los otros seres humanos que muy pocos hombres tienen; y siempre serán las que se ocupen de esas “políticas menores” [es decir, las auténticamente relevantes, decisivas] que son las de la familia y los asuntos sociales por haber tenido la ex¬periencia previa de la maternidad; o serán también las que se ocu¬pen del cuidado de otras personas o de sacar adelante una casa, tal y como hace la mayoría de las mujeres.» [9]

Y añade, para aclarar hasta qué extremo todo ello se encuentra ligado con lo que he resaltado en cursiva (es decir, con la experiencia de la maternidad, que no necesariamente consiste ni «pasa» por la maternidad biológica): «… hoy las mujeres tienen necesidad de reafirmar la im¬portancia de la maternidad, tanto en sus propias vidas como en el conjunto de la sociedad. Deben asimismo plantear reivindicacio¬nes en otros ámbitos —en la actividad profesional y en la polí¬tica— para que sea posible y compatible ser madre y trabajar fuera de casa. Y esto debería hacerse extensivo a los padres.

Pero la cuestión esencial no es solo de orden práctico sino también antropológico: las mujeres nunca se sentirán felices si no toman conciencia de hasta qué punto la maternidad define el ser femenino, tanto en el plano físico como el espiritual, y expre¬san esta realidad con la reivindicación del reconocimiento social. Ser madre es mucho más que la intensa y vivida experiencia de dar a luz y criar a un hijo: es la clave para una toma de con¬ciencia existencial de quienes somos.» [10]

También lo expresa, con la fuerza y el vigor que la caracterizan, Marta Brancatisano: «Desempeñar nuevas profesiones (desde ministro a astronauta, pasando por todo el género de tareas inventadas por la sociedad multifuncional) ha sido un simple juego para quien poseía la clave de todas ellas inscrita en su código sexual.

Enumero algunas a título de ejemplo: el conocimiento del ser humano, que le permite gobernarse a sí misma y relacionarse con los demás con la apertura y la serenidad que se experimentan ante lo que nos resulta conocido y amado; la flexibilidad para pasar de una tarea a otra —que deriva de su habitual competencia para afrontar las imprevisibles necesidades cotidianas; la amplitud de intereses y la versatilidad de ingenio, fruto de la pluriforme preparación imprescindible para hacer vivir un hogar (economía, ingeniería, arquitectura, derecho privado e internacional, medicina, dietética, arte, estética, literatura, psicología, pedagogía e incluso moral y teología); su inimitable sentido de la realidad y del valor del tiempo, resultado del carácter impelente y de urgencia propios del trabajo del hogar, que, por estar directa y ordinariamente unido a la supervivencia del ser humano, no admite incumplimientos, retrasos ni tramposas simulaciones.» [11]

Con los mismos derechos y oportunidades

Personalmente, tengo la férrea convicción, difícilmente inamovible, de que las mujeres se encuentran destinadas a vivificar desde dentro todas las profesiones dignas —y, muy en concreto, los medios de comunicación—, en absoluta paridad con los varones: con las mismas perspectivas, posibilidades y oportunidades, y con idéntica formación humana, profesional, etc.

Más todavía, siguiendo de nuevo sugerencias de Brancatisano, afirmo con toda sinceridad que la mujer se encuentra mucho más preparada que el varón para desempeñar la mayor parte de ellas… y que en parte por este motivo los varones tendemos a discriminarlas e impedir que desplieguen su inigualable potencia. [12]

Pero este reconocimiento no me inclina a «sacarlas» del hogar, como tampoco lo pretendo de los varones. Muy al contrario, aspiro a conservarlas o devolverlas (¡a ellas!) y, sobre todo, a introducirlos (¡a ellos!) en lo más íntimo y configurador del núcleo familiar. Pues, si algo he pretendido dejar claro desde que, hace ya veinte años largos, dedico mi atención primordial a estos asuntos, es la absoluta necesidad que todo ser humano —varón y mujer— tiene de la familia.

Y es que la familia constituye el ámbito imprescindible del pleno desarrollo tanto del varón como de la mujer, así como la condición de posibilidad para personalizar los restantes dominios en que se desenvuelve la existencia humana y, si me apuran, muy particularmente los medios de comunicación, proclives con frecuencia —aun cuando no debe ni tiene por qué ser así— a deshumanizar y trivializar lo más grandiosamente humano; y entre todo ello, el amor y, más en concreto, el amor entre varón y mujer.

(*) ARBIL, N° 115, 2008
 
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