
Valores que giran íntegramente en torno al amor y a todo aquello que lo hace posible y jugoso: el encanto de lo pequeño, la flexibilidad, la imaginación creativa, la generosidad, la aptitud para captar matices, el ocio compartido, el diálogo, la intimidad, la diferenciación individualizadora, la relación entre tú y tú irreiterables, el gozo conjunto de una vida cotidiana y sin aparente brillo, y un dilatado etcétera.
Podemos advertir, por consiguiente, dos mundos o, como hoy suele decirse, dos culturas:
1. La de la eficacia y el éxito, por una parte.
2. Y la de la vida, el cuidado y, en definitiva, el amor, por otra.
Y son muchos los que, fundadamente, calificarían el primer cosmos, el de la producción y la eficiencia, de típicamente masculino, mientras que unirían la resurrección del segundo al progresivo afirmarse de lo femenino.
Con lo que, simplificando nuevamente, pero sin faltar por ello a la verdad, cabría sostener que el problema más acentuado de la civilización presente es el predominio indiscriminado y avasallador de lo masculino sobre lo femenino.
A la luz de esta afirmación debe leerse cuanto sigue.
Lo femenino
Y, en primer lugar, la necesidad imperiosa de la mujer. Pero vaya por delante, aunque estimo que no sería necesario, que en ningún momento pretendo hacer demagogia. Para cualquier hombre casado, y yo lo soy, deberían resultar más que manifiestas las riquezas con que se adorna una esposa cabal.
E incluso, por una especie de «defecto de perspectiva», esas cualidades aparecerán ante sus ojos con más apabullante claridad que las pertenecientes al varón.
Repito con ocasión y sin ella que el amor, lejos de ser ciego, se muestra asombrosamente clarividente: impulsa y «obliga» a descubrir el fondo de maravilla oculto en el corazón ontológico del ser querido. Y como cualquier persona medianamente honrada estima más a su cónyuge que a sí mismo, los privilegios de la mujer deslumbran a su marido de manera mucho más perentoria que los suyos propios o, en general, los de su sexo.
No porque los invente —eso también lo he explicado una buena porción de veces, oponiéndome a Stendhal y Proust y, hasta cierto punto, a Ortega—, sino porque los descubre sin apenas dificultad.
La persona femenina
Pero es que, con independencia de esa fascinación, la mujer encarna de una forma muy particular, más propia y acentuada, el peculiar carácter de la persona humana.
Si no puede decirse que es más persona, sí cabe afirmar que lo es de un modo más patentemente personal y más exquisitamente humano.
Quiero ser objetivo. Me expresaré por eso con palabras prestadas. Carlos Cardona escribió con rotundidad, a propósito del tema que estoy esbozando, que
«… la mujer es imagen más diáfana de lo característico de la persona creada: hecha por amor y para el amor». La expresión cumplida de la persona humana, «en su ser más radical, se manifiesta mejor y con más propiedad en la mujer que en el varón.
Y esto, a más de resultar metafísicamente manifiesto, es un hecho de experiencia común: todos sabemos muy bien que la mujer, precisamente como tal, y en la medida en que sabe y quiere serlo, es lo más ‘amable’.
Así se entienden bien muchas características de la feminidad: como ese instinto que mueve a la mujer a procurar ser amable, atractiva (y no me refiero aquí principalmente a lo físico, sino a lo psíquico y espiritual: la simpatía, la ternura, la paciencia, la piedad, por ejemplo).» [2]
Por todo ello, la mujer encarna de forma privilegiada la condición de persona, en cuanto principio y término de amor: resulta más «amable»… «precisamente porque ama y en el amor se da».
Puesto que, como recordaba ya hace algún tiempo José María Pemán —y agradecería que no se tomaran estas expresiones en sentido despreciativo, al menos teniendo en cuenta mi propia valoración del amor, muy superior a la de la inteligencia… si es que tal disociación pudiera realizarse—,
« el amor es en la mujer como la expresión total de su ser y el ejercicio fundamental de su vida […]. La mujer es, por definición, una ‘criatura de amor’.» [3]
(Maravillosamente inteligente, añado por mi cuenta, tras haber expuesto en multitud de ocasiones —como acabo de recordar— que el amor no es un atributo de segundo orden, una especie de «compensación piadosa» para aquellos o aquellas que no logran triunfar en los dominios del intelecto, sino que constituye la condición ineludible y la máxima encarnación del conocimiento intelectual más noble, elevado y eficaz: la sabiduría, donde se aúnan las más altas cimas de la contemplación y la atención delicada y operativa a las menudas irisaciones de la vida vivida a diario).
Y, en otro lugar, recogiendo ideas de Juan Pablo II, el propio Cardona recuerda que «los hombres todos —tanto varones como mujeres— hemos sido ‘confiados por Dios a la mujer’: y no principalmente en el orden biológico, sino fundamentalmente en el psíquico y en el espiritual.» [4]
El genio de la mujer
¿Sería muy difícil extraer las conclusiones pertinentes para el enriquecimiento de la familia y la personalización del mundo y, más en concreto, de los medios de comunicación?
Se pueden entrever a través de las sugerentes afirmaciones de un texto de Jutta Burggraf. Acudiendo a una expresión acuñada por Juan Pablo II, explica la autora que el “genio de la mujer” «constituye una determinada actitud básica que corresponde a la estructura física de la mujer y se ve fomentado por esta.
En efecto, no parece descabellado suponer que la intensa relación que la mujer guarda con la vida pueda generar en ella unas disposiciones particulares. Así como durante el embarazo la mujer experimenta una cercanía única hacia un nuevo ser humano, así también su naturaleza favorece el encuentro interpersonal con quienes la rodean.
El “genio de la mujer” se puede traducir en una delicada sensibilidad frente a las necesidades y requerimientos de los demás, en la capacidad de darse cuenta de sus posibles conflictos interiores y de comprenderlos.
Se la puede identificar, cuidadosamente, con una especial capacidad de mostrar el amor de un modo concreto.
Consiste en el talento de descubrir a cada uno dentro de la masa, en medio del ajetreo del trabajo profesional; de no olvidar que las personas son más importantes que las cosas. Significa romper el anonimato, escuchar a los demás, tomar en serio sus preocupaciones, mostrarse solidaria y buscar caminos con ellos.» [5]
(*)ARBIL, N° 115, 2008