La alta ocurrencia del divorcio en la sociedad occidental tendría precedentes ya que estudios antropológicos revelan que similar situación se dio en tiempos remotos entre los grupos de cazadores y recolectores.
Al hacer una historia de las separaciones de pareja nos recuerda que no siempre se trató de un proceso difícil. En grupos tribales bastaba que la esposa colocara las cosas del marido fuera de la vivienda o que el marido cogiera su azadón y aprovechando el sueño dejara simplemente el pueblito para que la separación estuviera consumada.
RAZONES
A través de la historia las razones para divorciarse han sido diferentes. En las civilizaciones patriarcales era prerrogativa del varón; en Europa medieval si la esposa no le daba un hijo varón al marido y en China, si los padres creían que el afecto por la esposa interfería con los deberes filiales de su hijo.
Las razones para divorciarse fueron diferentes porque también lo fueron los motivos para casarse.
Por cientos de años el matrimonio no tenía el significado de acceder a la plenitud personal y alcanzar el beneficio mutuo de la pareja y de los hijos. Las personas se casaban para adquirir influencia en la familia política, sellar alianzas militares o incrementar la fuerza laboral del grupo. No es que no se conociera el amor romántico pero no era vinculado al matrimonio e incluso en la India enamorarse antes de casarse era tenido como acto antisocial e irresponsable.
EL AMOR ROMÁNTICO
El patrón que se suele encontrar en el divorcio moderno es muy parecido al que en su momento elevó la relación marital por encima de todo otro compromiso personal y familiar.
El matrimonio llegó a focalizar las emociones, pasión, identidad, reafirmación personal y al mismo tiempo subordinó las obligaciones y vínculos emocionales que hasta entonces existían fuera de la unidad conyugal.
Para una pareja de nuestros días las causas para separarse pueden ser desde las características psicológicas de uno u ambos miembros de la pareja hasta las tensiones derivadas de las penurias económicas o la desintegración de la comunidad. Pero, en una visión más amplia, el divorcio moderno fluye por los mismos canales que hicieron, en su momento, al matrimonio algo fundamental en la felicidad y su disolución es, por eso mismo, mucho más traumática, dada la idea de que el matrimonio debería ser el compromiso más fuerte en la vida de las personas.
El cambio radical del matrimonio que ahora era basado en el amor y el compromiso se extendió en Occidente bajo la influencia de la Iluminación y el individualismo, que aportaron las revoluciones francesa y americana.
Los conservadores de la época, defensores del antiguo matrimonio, admitieron que el amor podría ser la muerte del matrimonio, arguyendo que la sociedad requería que algunas personas se casaran y lo hicieran con la persona adecuada.
Se preguntaron ¿cómo se puede presionar a alguien para que se case si dice que no ama a la persona en cuestión? ¿cómo podría evitarse que reclamaran el derecho a separarse cuando había muerto el amor? Los pobres reclamarían el derecho a casarse al decir que se amaban, tal como lo hacen los gays en nuestro tiempo.
Los mismos que promovían la relación por amor presentaron propuestas para facilitar el divorcio y la revolución francesa lo facilitó. Los resultados no fueron inmediatos por la dependencia económica de la mujer y el poder de las élites económicas, políticas y religiosas que veían mal la soltería y el divorcio.
Con el tiempo, a través del siglo XIX, los códigos de muchos países fueron liberalizados y algunos advirtieron que lo peor estaba aun por venir.
Así es como, entre 1880 y 1990, el divorcio se incrementó 70% en los Estados Unidos.
Contribuyó del mismo modo también a la restricción del matrimonio por amor dadas las rígidas diferencias de género. En la época victoriana el amor fue concebido como la unión de dos seres opuestos que es lo que hacían que se amaran.
Se admiraba al hombre por su fuerza y su conocimiento del mundo y a la mujer por su pureza y su fragilidad. Pero se presentaron tensiones porque el varón para algunas mujeres era “el sexo bruto” y para el hombre la mujer “buena”, la esposa, era con quien debía tener relaciones sexuales.
MATRIMONIO POR AMOR: MODERNIZACIÓN
La revolución sexual habría sido promovida en gran parte por el empuje de la clase media que aspiraba al matrimonio por amor y que buscaba salvarlo de las tensiones del siglo XIX.
Durante las primeras décadas del siglo XX la figura de las chaperonas dio pase a las citas más sexualizadas de las parejas.
Esta revolución no fue contra el matrimonio sino que tuvo como objetivo una reevaluación del amor heterosexual. Las altas expectativas dieron lugar también a fuertes insatisfacciones cuando no se encontró la felicidad prometida y al mismo tiempo emergieron los expertos en consejería marital.
Otra vez los conservadores de la época comprendieron mejor los efectos desestabilizadores de los más altos estándares puestos en la felicidad matrimonial. Félix Adler, 1915, dijo que la felicidad “es un incidente, un concomitante (del matrimonio) y no se le puede hacer el fin principal sin caer en la posición intolerante de que el matrimonio debe terminar cuando acaba la felicidad”.
Desde 1920 hubo gran pánico con respecto al futuro del matrimonio pero, en la década de los años 50 apareció súbitamente un periodo de mayor estabilidad.
Tomó entonces nueva fuerza la idea de que el matrimonio ofrecería a las parejas gratificación sexual, intimidad y plenitud.
El matrimonio no sólo se consideró el lugar donde encontrar el más profundo significado de la vida sino también donde alcanzar los mayores placeres.
LA EDAD DE ORO DEL MATRIMONIO
La estabilidad del matrimonio en la década de los años 50 se habría basado en la emoción de explorar nuevas posibilidades de vida matrimonial, luego de dos décadas de disrupción familiar, penuria social, boom económico de post guerra y subsidio para quienes desearan formar familia.
Pero las mujeres no contaban todavía con las bases legales y económicas pues no podían tomar un préstamo o tener una tarjeta de crédito.
Maslow dijo que una vez que hubieran sido cubiertas las necesidades materiales básicas, otras, de orden más alto, tomarían prioridad, como ser la capacidad de expresarse y la calidad de la relación.
Quienes esperaban alcanzar la plenitud personal en el matrimonio fueron los mayores críticos, al experimentar el “vacío” y las relaciones insatisfactorias.
El divorcio comenzó a aumentar a partir de 1957, antes de las leyes del “divorcio sin culpa”, mucho antes de que años después esta fórmula fuera legalizada.
Los criterios se fueron tornando tan laxos que eran irreconocibles comparados con aquellos de su aparición.
Fue claro que el divorcio se incrementaría cuando las expectativas de desarrollo personal de las mujeres se potenciaron con su creciente independencia económica y su entrada al mercado de trabajo, cuestionando los roles maritales presentes por más de cien años. Además, contribuyó la banalización de los valores sociales, aunque el impulso había sido dado por los ideales de la felicidad y la plenitud dentro del matrimonio.
EL FUTURO
Tendremos que aceptar que ya sea para mejor o para peor la gente decide que hacer sobre bases diferentes a las acostumbradas. Ahora es mucho más fácil aunque no menos doloroso, para una mujer, separarse y sobrevivir económicamente aunque enfrente una disminución de su estándar de vida.
Nunca como ahora las mujeres separadas han sido capaces de ver por sí mismas y por sus hijos.
Asímismo, solteros y divorciados tienen semejantes posibilidades que los casados, en términos legales, económicos y políticos. Podría ser inocente pensar que podemos reducir las tasas de divorcio con pequeños cambios en las leyes y las políticas sociales.
Sin embargo, cosa sorprendente, no se ha perdido el respeto por el voto matrimonial y los cambios descritos no condenan al matrimonio, que permanece como la expresión más alta del compromiso que uno pueda imaginar y la gente por tanto sigue casándose.
También permanecen altos los estándares de lo que se cree es un buen matrimonio y la gente se esfuerza por enriquecer la relación y ahondar la intimidad.
Aún más que antes se ve al matrimonio como la relación más seria entre dos individuos y evoca altas expectativas en el mundo emocional.
Pero, como institución ha perdido poder sobre la vida de las personas y ya no es el principal mecanismo para regular la conducta sexual, la economía y los derechos políticos. Sobrevivió la “desinstitucionalización” del matrimonio: perdió fuerza para definir la relación entre los sexos, estructurar los derechos y obligaciones interpersonales, incluyendo la reproducción y el cuidado personal.
* Family Process, Oxford: Mar 2007, 46, 1. |