Las iniciativas provienen de la doctrina extremista de considerar que la conducta sexual se establece principalmente por las influencias de la cultura y por lo tanto sería cambiante en el tiempo y en el lugar. El ejemplo clásico puede ser el de la masturbación, de la que se dice que siendo considerada una conducta anormal en el pasado, ahora ya no lo sería. Esto último, sin embargo, olvida los hallazgos de la investigación actual sobre el autoerotismo, que hemos tratado en un artículo anterior.
Un argumento de los promotores de la idea de “normalizar” a las Parafilias sería los efectos sociales y legales del hecho que los desórdenes sexuales figuren en las clasificaciones psiquiátricas. Habría servido, según afirman, para justificar la agresión de las minorías sexuales. Alegan también que el sustento empírico que es base de las clasificaciones psiquiátricas, no estaría presente en el caso de las Parafilias.
Arguyen asímismo que el concepto de desorden mental, adoptado por la Clasificación de Desórdenes Mentales, de la Asociación Psiquiátrica Americana, como es aplicado a las Parafilias, podría ser también una razón para considerar personas mentalmente enfermas a los buceadores, montañistas, incluso habitantes de las grandes ciudades. Añaden, por otro lado, que no hay acuerdo acerca de lo que se considera es una “sexualidad saludable” ni del rango de lo que sería la “conducta sexual sana”. El clínico usará finalmente un criterio subjetivo para determinar cuando existe o no un desorden mental.
Resaltan que en la clasificación de la Asociación Psiquiátrica Americana cuando se trata de tipificar a las Parafilias se recurre al concepto de "intensidad" de la experiencia sexual, pero después sin mayor razón, el foco se centra en la “naturaleza” de la conducta, esto es, en el interés sexual específico de la desviación.
En esta línea es que el psiquiatra americano Moser y la psicóloga canadiense Kleinplatz han criticado los criterios seguidos por el sistema de la DSM (clasificación de desórdenes emocionales) para el diagnóstico de las Parafilias en base a la “intensidad” de las experiencias y el menoscabo en el funcionamiento social y laboral que sufriría el paciente.
En un debate sobre este asunto, ocurrido en el año 2003, en la Asamblea Anual de la Asociación Psiquiátrica Americana, en los Estados Unidos, el Dr. Robert Spitzer reconocido líder del sistema de la DSM, fue muy enfático, al opinar lo contrario. Afirmó que tanto las Parafilias como los Desórdenes de la Identidad Genérica (que también habían sido cuestionados) deberían continuar formando parte de la clasificación. Abogó porque antes de tomar alguna determinación, debería contarse con mayor investigación.
Una posición de lo más interesante sobre el tema es la que han sostenido los psicólogos Nicolosi y Tabin, el 2004. El primero ha enfatizado que no se requeriría más investigación , si no más bien concretar mejor una comprensión del mundo, en base al plan de Dios, que determina que los géneros masculino y femenino son complementarios. Tabin, por su parte, ha señalado que si la decisión de excluir las Parafilias de la clasificación, tiene como base la falta de percepción por la persona de tener un problema psicológico, podría también convalidarse el suicidio, cuando este obedece al deseo de quien lo intenta.
Existe la gran preocupación de que si se concreta, que no creemos que ocurra, la remoción de las Parafilias de las clasificaciones de desórdenes emocionales, se afectaría severamente la investigación, como ya pasó en el caso de la homosexualidad en 1973. En el caso específico de la Pedofilia los efectos en los tribunales serían muy adversos, pues los peritos tendrían grandes problemas para fundamentar sus informes, en una condición que algunos están pretendiendo se considere una conducta normal.