Posteriormente, al publicar su Informe Final, “The Unexpected Legacy of Divorce: A 25 Year Landmark Study”, Wallerstein presentó el análisis del modo en que los adultos de 30-40 años acusaban el divorcio de sus padres veinticinco años después. Una serie de creencias sobre el divorcio caen en este estudio.
Quizás la más importante es la de pensar que si los padres están felices, los hijos también lo estarán. Esto ha traído como consecuencia no solamente la visión del divorcio como solución para parejas infelices sino, lo más grave, a sostener que también los niños se benefician con la ruptura y que sólo la sufrirán en lo inmediato. Wallerstein sostiene que a los efectos en la infancia, adolescencia y juventud se unen otros a más largo plazo, de cuya importancia se habla muy poco.
Escogió cuidadosamente su muestra : 131 hijos de divorciados de 2 a 6 años de edad al comienzo del estudio; provenientes de una franja poblacional psicológicamente normal y sin ningún tipo de marginación social; para los cuales la separación de sus padres constituía la única y más importante crisis de sus vidas. Contó además con un grupo testigo, conformado por niños que no habían pasado por la experiencia del divorcio de sus padres a quienes también siguió por veinticinco años. Sólo para mencionar algunos hechos concretos, Wallerstein encontró que más de la mitad de los niños del divorcio había tenido problemas de alcohol y drogas antes de los 15 años de edad; 25% se había casado pero, de estos, el 66% ya estaban divorciados y algo más del 60% había requerido asistencia especializada por problemas emocionales como trastornos de conducta, mal rendimiento y deserción escolar, conductas promiscuas, agresividad, rebeldía y enfrentamiento a toda forma de autoridad, etc.
El divorcio es una experiencia muy diferente para padres e hijos. Los primeros pueden considerarlo y vivirlo como algo bueno para ellos. Para los niños no es así. Lo que puede ser para los padres la necesaria solución a una situación insostenible - que inclusive podría ser vista como el acceso a tener una segunda oportunidad en condiciones de madurez y experiencia - para los hijos entraña la pérdida familiar y un daño emocional cuya severidad puede ser variable y dependiente de muchos factores, pero que siempre existe.
Preguntas muchas veces no formuladas rondan en la mente del niño cuyos padres se divorcian. ¿No era “para toda la vida” ?; ¿con cual viviré?; ¿qué le digo a mis amigos?; ¿podré ver a mi otro padre?; ¿se estarán separando por mí?; ¿si me porto bien, amistarán?; son solamente algunos ejemplos. Estos pensamientos generan casi siempre conductas específicas que varían en atención a la edad del niño. Así, en pre-escolares (hasta los 5 años) es frecuente que se de una regresión a hábitos ya superados, insomnio – muchas veces con necesidad de objetos sustitutos - inapetencia, agresividad y apego excesivo a la figura materna.
Los niños en edad escolar sufren una suerte de “derrumbe” del marco de prestigio social y de estabilidad que representan los padres y la familia. Sus dificultades de adaptación son mayores.
Lo primero que se resiente es el rendimiento académico y la conducta oscila entre el aislamiento y la agresividad. Hay una mezcla de sentimientos de pérdida, rechazo y culpa. También es frecuente que se vean ante un conflicto de lealtades estableciendo una suerte de alianza con uno de los padres, que luego alimentará el sentimiento de culpa. No es de extrañar que un niño sometido a esta situación sea inseguro y opte por una de dos posibilidades de resolverlo : dejar fluir su descontento a través de una conducta sociopática o asumir una actitud cómplice y “excesivamente buena y responsable” para su edad.
En cuanto a los adolescentes, hay que recordar su necesidad de una estructura familiar estable que los ayude a controlar los propios impulsos. Aceptar la vulnerabilidad de sus padres es tarea casi imposible para un adolescente y los angustia y perturba si a esto se añade verlos con problemas sexuales en un momento en el que ellos están tratando de controlar la propia sexualidad.
En estas circunstancias suele bloquearse el proceso normal de desarrollo de la autonomía y el - o la adolescente – se convierte en compañero del padre con el cual le ha tocado vivir. El caso inverso se da, más en otros países que en los nuestros, con la partida precipitada del hogar que nos pone en la situación de tener un adolescente, haciendo su vida, sin el necesario control parental.
También se conoce a la fecha que hay diferencias en lo que respecta a la variable sexo. Los niños presentan mayores dificultades inmediatas con efectos más intensos y duraderos; sus problemas escolares también son mayores. Sin embargo, las expectativas a futuro, suelen ser mejores. Todos desean familias estables en las cuales no se repita el episodio traumático y eligen cuidadosamente una compañera “para toda la vida”.
Las niñas, en cambio, se adaptan mejor en la etapa inmediata al divorcio (aquí se plantea la hipótesis de que ésto obedezca al hecho de que suelen quedar con la madre) y tienen mejor comportamiento social, escolar y emocional. No obstante, en ellas se señalan como efectos retardados de la ruptura familiar, su inseguridad en la vida adulta, las dificultades que tendrán en sus relaciones de pareja, los fracasos sentimentales a repetición, su tendencia a asociarse con personas equivocadas y el riesgo de incurrir en conductas autodestructivas y de riesgo.
Judith Wallerstein ha publicado recientemente un cuarto libro, titulado en español “Y los hijos… ¿qué?”, sobre la misma base de investigación, pero teniendo como sujetos a aquellos niños, hoy adultos, hijos de divorciados. La autora nos ofrece aquí una serie valiosa de recomendaciones a seguir para minimizar hasta donde sea posible los efectos del divorcio, siempre dañinos, sobre los hijos. “Al igual que el matrimonio – dice – el divorcio tiene varias etapas : parte con la angustia de la separación (crisis que llega a su punto culminante cuando se firman los últimos papeles) y da paso a muchos años de desequilibrio para la familia. La actitud de los padres es vital para que los hijos lo enfrenten con el menor impacto posible”.
Hasta ahora en los debates sociales se habla de ciertos “derechos”… Derecho de los padres al divorcio…derecho de las parejas de homosexuales a adoptar niños … Pero, ¿ alguien tiene en cuenta los derechos del niño ? (En la Segunda Parte reseñaremos las medidas recomendadas para minimizar los posibles daños ocasionados por una circunstancia tan dramática, no prevista ni deseada para las familias ).