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En las últimas décadas la televisión ha revolucionado las comunicaciones influenciando profundamente la vida familiar. Para bien o para mal, entra en la casa y accede hasta el último rincón, poniéndose delante de cada miembro de la familia, y actúa y acapara la atención de familias de cualquier nivel social o cultural. No es casual que un conocido sociólogo haya expresado que la primera escuela de los niños de nuestro tiempo es la televisión.
Esta suele ser fuente de noticias, de información, de entretenimiento, con poder para modelar actitudes, opiniones, valores y prototipos de comportamiento... y por éso, por este poder casi omnímodo, es necesario vigilar, porque los efectos de su programación dejan importantes huellas a menudo en su momento inaparentes y banales.
Sin embargo, esta misma televisión podría convertirse en promotora de la solidaridad y enriquecer la vida familiar, como señaló recientemente Su Santidad en su mensaje a los medios: podría potenciar la cultura y difundir la verdad...
Pero lo real es que aquí y ahora, particularmente la TV de señal abierta a la que tiene acceso la enorme mayoría de la población, daña la vida familiar - ya de suyo precaria - ofreciendo modelos de comportamiento degradantes, emitiendo imágenes violentas o pornográficas, sustentando el relativismo moral y trasmitiendo mensajes distorsionados y manipuladores como la utilización para difundir ideología de género y programas de anticoncepción como propios de personas modernas y con sentido de responsabilidad...
En ocasiones el horario de un espacio determina su efecto. Así, la emisión de películas para adultos en horarios de fácil acceso para los pequeños, es una forma sutil de interferir en el modelo de educación que cada quien desea para sus hijos. Otras veces, se intercala en los programas infantiles, las tandas comerciales de programas que no están destinados precisamente a menores.
Pero, la TV no sólo llega a los niños. Los padres le dedican en muchos casos mucho más tiempo a ella que a sus propios hijos o a sus cónyuges. Y los padres, como los más jóvenes, también son más permeables a las aseveraciones que ven y oyen en la televisión que a las que pueden haber recibido de sus mayores o a sus propias convicciones ideológicas o morales. Cambiar puede ser una virtud, pero no porque lo diga la TV.
Actualmente, el medio televisivo destruye valores, atropella principios y relativiza sentimientos y creencias. Por ejemplo, un divorcio no debe ser una decisión tan trascendente y dramática, cuando tantas personas agradables, simpáticas, que caen bien, lo practican y lo repiten. Algo semejante pasa con los estilos de vida vacía de contenido de los personajes famosos de quienes nos muestran constantemente sus casas, sus joyas, sus perros o sus caballos...
Así, los padres pueden sentirse transportados a un mundo más lujoso, aparentemente más libre, más fácil, y terminan por no valorar lo propio, su familia, su entorno, su trabajo - siempre menos productivo que el de cualquiera de sus ídolos televisivos - sus posibilidades de servir a otros, etc. En estas condiciones es muy difícil - prácticamente imposible - que los jóvenes aprendan a desdeñar lo que sobra, perjudica, aliena o deforma, o que constituye simplemente, una pérdida de tiempo (uno de los valores que no les enseñamos a apreciar debidamente).
Hace un tiempo, no exageradamente largo, de hecho, hasta hace algo más de cincuenta años, el ambiente externo reforzaba la formación recibida en las familias. No existía la difusión de drogas, profesar un credo religioso era un honor, los niños circulaban protegidos por las calles sin estar expuestos a escenas de violencia, terror o sexo. En las escuelas te inculcaban el respeto a tus padres y profesores, el buen trato a tus compañeros y el amor al estudio. A nadie le pasaba por la cabeza que alguien pudiera matar a un niño antes de nacer o que un matrimonio pudiera separarse por cualquier defecto no soportado o simplemente por recuperar una independencia más fuerte que el amor que en un principio sentían... No existía la televisión ni las películas inmorales o pornográficas.
Gracias en parte a los medios de comunicación, se ha conseguido entronizar la trivialidad, erigiéndose en norma de conducta que lleva más rápidamente al éxito, al poder o al dinero. El bien y el mal, la verdad y el error poco importan; en cambio, el relativismo moral e intelectual prevalece y siempre sale triunfante.
¿Programación “para niños”?
Más allá de los efectos que podríamos llamar generales, y que hemos esbozado, merecen especial atención los contenidos de los programas destinados a la población infantil.
Lejanos parecen los tiempos en los que se criticaba la línea argumental de los dibujos de Disney. “Pato Donald” y “Mickey Mouse”, los dos con novias eternas y sin el menor propósito de casarse, sin responsabilidades de trabajo y mucho menos familiares : tíos de sobrinos cuyos padres se desconocen, nunca papás, dedicados a mil argucias y “vivezas” destinadas a extraer dinero de una fuente inagotable constituída por un tío avaro, suficientemente viejo para dejarse timar, que había orientado su vida hacia la acumulación de monedas y cuyo único placer consistía en contemplarlas, pulirlas y apilarlas.
Vimos aparecer luego grupos familiares como “Los Picapiedras”, y hasta vecinales como “El chavo del ocho”-Prohibido en varios países por considerarlo introductor de antivalores- . En estas dos series todos los personajes principales son en cierto modo antihéroes.
Pedro Picapiedra, esposo y padre, trata de trabajar lo menos posible, escapa “a jugar boliche” y procura que su esposa no se entere. Para ésto cuenta con un amigo incondicional que él utiliza sin reparo alguno. La esposa en cuestión es una bella mujer que vive soñando con joyas, abrigo de piel, “troncomóvil” y , de tanto en tanto, algún joven actor o cantante que acude a ver, secundada (y encubierta) por su mejor amiga, que es, casualmente, la esposa del mejor amigo de Pedro. En resumen, la historia de una familia orientada al consumismo, pródiga en engaños y mentiras, que todos nos acostumbramos a disfrutar sin mayor análisis.
En “El chavo...”, tenemos una especie de condominio popular cuyo personaje principal es un niño, de origen desconocido, que duerme al interior de un tonel y suspira constantemente por comer lo que alguna persona le pueda dar.
Más allá de los estereotipos que muestran todos los miembros de este grupo –característicos hasta el aburrimiento en sus risas, llantos, agresiones y burlas– no encontramos una sola familia completa. Los niños de “El chavo del ocho” no tienen padre y madre: sólo disponen de un progenitor, padre o madre, lo que nos introduce el modelo de familia monoparental.
Sin embargo, los últimos dibujos animados o comics, generalmente japoneses, van mucho más allá. Están específicamente orientados a distorsionar los conceptos de identidad sexual e introducir la ideología de género.
Tomemos por ejemplo, “Los Teletubbies”. Simpáticos muñequitos que hacen las delicias de nuestros niños menores de seis años. Se trata de muñecos que han salido a la luz asexuados, uno de los cuales – casualmente el más tierno y cariñoso - muestra claras señales de haber “optado” por el amaneramiento y que en uno de los capítulos se autotitula “el teletubbie gay”, lo que nos exime de mayores comentarios...
Para los más grandecitos tenemos el anime japonés, de gran éxito a nivel mundial, “Ranma ½”. El personaje principal aquí es un casi adolescente, experto en artes marciales, muy popular entre las niñas y que ya muestra predilección por una. Pero el pequeño Ranma tiene un problema: recibe un chorro de agua fría y de inmediato cambia de sexo y se transforma en muchacha. Pero no importa. También como niña tiene éxito. Este se traduce en su belleza que le permite tener un acompañante fijo, esto es un seminovio. En términos precisos, Ranma resulta un personaje bisexual... que goza de aceptación y popularidad en sus, digamos, dos vertientes.
Otro anime japonés, que ven grandes y chicos, es “Evangelium”. Esta serie, arremete contra creencias y apunta hacia el promovido “empowerment” de la mujer. Con obvias referencias bíblicas, muestra cómo Dios, a través de “sus ángeles” ha declarado la guerra a la tierra y a la humanidad. Esta será salvada por una trilogía conformada por tres “Evas”, mujeres dotadas de una fuerza física notable, aptitudes extraordinarias para la guerra, arrogancia y agresividad. Es interesante la confusión, no casual, que produce la síntesis extraña de esta Eva – una y trina – que lejos de introducir el pecado, conduce a la salvación, además de ser presentada como la antítesis de mujer de naturaleza femenina.
Son unos cuantos ejemplos de cómo se puede manipular conciencias y difundir ideología a partir de algo tan inocente como puede parecer un programa para niños.
La televisión y los niños
A todos nos gusta ver televisión. Nuestros niños no son una excepción. Pero - como en todo orden de cosas - hay edades y situaciones en las cuales la T.V. no sólo no aporta sino que hasta puede ser inconveniente. Por ejemplo, mientras se desarrolla la adquisición de vocabulario infantil, la T.V. es un medio que no estimula a hablar sino a callarse. El niño, cautivado por la imagen y el juego de luces y colores, no tiene que hacer esfuerzo alguno y se adormece entre imagen y sonido que le llega a manera de cortina de fondo. Sin embargo, hay que reconocer que en muchas familias la TV ha reemplazado a la "nana" de antaño y los chicos, desde muy pequeños, quedan frente al televisor que los atrapa y garantiza su inamovilidad por espacios más o menos largos de tiempo. Pero, lo más grave, lo que no deberíamos descuidar, son los contenidos que subyacen estas historias. Sólo pueden neutralizarse si conversamos con nuestros hijos acerca de lo que aparece en la pantalla y no los dejamos inermes, a merced de lo que les quieran contar o hacer creer...
Recordemos que el niño hasta los cinco años de edad - y algunos hasta un tanto más - tiene lo que llamamos "pensamiento pre-categorial", también llamado "mágico". Ellos creen lo que ven. Aceptan todo. Si está ahí, si sale en la televisión, es real y está bien.
Los medios de comunicación al servicio de la humanidad, de los valores y del ser humano: mínima exigencia que de ser tenida en cuenta garantizaría su aporte y contribución a conseguir familias formadas cada vez por mejores personas.
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