Los valores particulares de las personas, su ética subjetiva, no son competencia del Estado. Nadie (individuo, colectividad o mayoría) tiene la potestad de imponer una determinada concepción moral a la sociedad. ¿Significa eso que la ciudadanía debe ser amoral? ¿Que tener valores propios es un vicio? ¿Que la libertad desprecia la ética de los individuos?.
Todo lo contrario. La moral va unida a la libertad, porque la moral carece de sentido si no es fruto de una elección personal. ¿O es que acaso posee algún mérito el que hace lo correcto por obligación?.
Hemos visto que parece haber espacio para la moralidad subjetiva en el caso excepcional del embarazo por violación. La inexistencia de responsabilidad por parte de la madre le otorgaría el derecho a elegir abortar por evicción, y a elegir, por tanto, de acuerdo con su moral particular.
Así es que, sentado este punto, uno debiera preguntarse si la evicción del no-nacido, además de legal, es también moralmente correcta. Antes de emitir cualquier veredicto precipitado valdría la pena recordar que la evicción del nonato es comparable al abandono de un bebé en medio de un bosque o a dejar morir de hambre a un parapléjico que tenemos junto a nosotros. Aquél que no considere reprochable la evicción tampoco debería considerar reprochables los otros dos ejemplos de no-asistencia.
La legitimidad del aborto (en el sentido jurídico) no bastaría para justificarlo. Que una acción sea legal no significa que sea ética. Así pues, aún en el caso de que determinados argumentos pro-vida estuvieran equivocados o fueran rechazados, los pro-elección tendrían que enfrentarse a complejas cuestiones morales. Porque, por ejemplo, aquellos que se acogieran a la «carencia de racionalidad efectiva» del no-nacido (concediendo que hubieran eludido la arbitrariedad del concepto) y aprobaran el desmembramiento del feto no podrían escapar a la equivalencia moral del infanticidio [58]. Y desechando el argumento de la responsabilidad parental no evitarían, como en el caso del embarazo por violación, la equivalencia entre la evicción y el abandono de un bebé.
¿EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS?
El discurso pro-abortista es a menudo un reflejo de esa perversión de la justicia y la moral que es justificar los medios por el fin. Propio de estatistas, que en aras del «bien común», el «interés general», la «justicia social»... legitiman toda suerte de usurpaciones y atentados contra la libertad de elección de los individuos.
No importa que la imposición de la igualdad suponga la confiscación de la propiedad ajena. No importa que la solidaridad (sic) por decreto sea trabajo forzado. No importa que el bienestar de la madre embarazada implique el aborto de un ser humano inocente. El fin justifica los medios.
Un ejemplo de esta actitud lo encontramos en la siguiente declaración de una madre de 31 años que eligió abortar: «(...) en los momentos que siguieron a las dos líneas rosas del test del embarazo comprendí que no estaba lista para compartir mi tiempo con las necesidades de un niño. Yo quiero hijos; mi marido quiere hijos. Pero no era el momento. Mi marido está intentando asistir a una escuela de arte; mi carrera es exigente y estresante. En el aspecto financiero, estamos intentando devolver una antigua deuda, incluyendo mis créditos estudiantiles. Nos reunimos con un consejero en la clínica abortista que afirmó con rotundidad: 'Tenéis que mirar el día de hoy y valorar si esto trastorna vuestro estilo de vida. No podéis centraros en lo que podría ser de aquí seis meses'» [59].
No se trata de poner en duda que la crianza de un hijo puede ser una tarea ardua, y que puede serlo mucho más para una madre joven que apenas tiene recursos y que estudia en la universidad. Lo siniestro es que el bienestar de los padres fundamente el aborto del hijo, un ser humano inocente cuyo cuidado es responsabilidad de sus progenitores.
Aunque el colmo de la desvergüenza es aducir que el aborto se lleva a cabo por el bien del hijo. Algunas madres justifican el aborto arguyendo que no serán capaces de proporcionar una vida digna al nonato o que el niño nacerá con malformaciones de algún tipo.
¿Pero no corresponde al hijo decidir si quiere vivir en tales condiciones? Apuesto a que preferirá mil veces una existencia mísera que la inexistencia. Y sino, ya elegirá lo contrario quitándose la vida. Que no se arrogue la madre ese derecho.
CLONACION TERAPÉUTICA
Si el embrión es un ser humano con el derecho a la vida no hace falta preguntarse por las beneficiosas consecuencias de la clonación terapéutica. ¿Acaso para curar a un enfermo es admisible suprimir la vida de otra persona? ¿Lo es si los beneficiarios son más numerosos que los perjudicados? ¿Podemos exterminar un pueblo entero si sabemos que con ello curaremos el cáncer?.
La vida de los seres humanos no puede ser manejada con criterios utilitaristas que impliquen la utilización y destrucción de unos individuos para provecho de otros. Aceptado esto, de nada sirve explayarse sobre las muchas ventajas médicas que produciría la clonación terapéutica. Y el que unos científicos hayan creado los embriones en un laboratorio no les convierte en dioses con el derecho a disponer de sus vidas, sino en «progenitores» con una responsabilidad hacia ellos. Aquí esta cuestión de la responsabilidad es manifiesta, porque el embrión es concebido expresamente, no es el resultado indeseado de un acto sexual voluntario.
LA INCOHERENCIA DE LOS PRO-ELECCIÓN ESTATISTAS
Se da la circunstancia de que la mayoría de los pro-elección son de tendencia izquierdista [60] y de que, no obstante, enarbolan con frecuencia argumentos de marcado acento individualista y liberal. No deja de resultar algo desconcertante oír hablar a un socialista del derecho a controlar el propio cuerpo, estando libre de dictados ajenos; del derecho a la no-asistencia; del derecho de propiedad de la madre sobre el no-nato, por encontrarse dentro de su cuerpo o por depender de él... La libertad individual, el derecho ser egoísta, la propiedad... no son precisamente conceptos que entusiasmen a los más progresistas.
Que en este tema la izquierda haga suyas premisas liberales quizás puede explicarse por su inclinación a subordinar los principios a los fines. Examinemos con más detenimiento la incoherencia de muchos pro-elección estatistas en cuanto al aborto y observemos por qué, si siguieran la misma lógica que emplean en otros campos, debieran ser los más acérrimos pro-vida.
Frederic Bastiat definía el Estado como ese ente ficticio bajo el cuál todos pretenden vivir a expensas de los demás. Tal es la realidad del estatismo: la institución de la servidumbre en pro de determinadas concepciones morales particulares. Los derechos negativos liberales son desplazados, entre otras cosas, por derechos positivos, que en relación con los anteriores no son más que anti-derechos.
La negatividad hace alusión a la no interferencia: el individuo está protegido de intervenciones ajenas, la libertad del individuo no puede ser violada por nadie. La positividad estatista, en cambio, se refiere a un derecho a recibir, a poseer, que naturalmente implica una obligación a suministrar: cuando un individuo tiene derecho a una educación gratuita, a una sanidad pública, a una vivienda protegida, a un subsidio de paro, a una pensión, a una subvención, a una renta básica... es que alguien está obligado a proporcionárselo. Y si el mismo individuo no puede dispensárselo por entero, si recibe más de lo que paga, significa que un tercero está cargando con la diferencia, que un tercero está siendo compelido a trabajar para él. ¿Y el Estado?.
El Estado no es ninguna entidad supra-terrenal capaz de crear y distribuir riqueza por doquier, sólo es el intermediario entre los beneficiarios y los despojados. Los recursos del sector público no manan de la nada. La subvención a una industria o la provisión de un servicio se hace a costa de los bienes de alguien, de la labor de alguien, y el Estado es el instrumento mediante el cuál se instaura este trabajo forzado.
Pero parece que el expolio cobra legitimidad cuando se realiza a través de la Administración.
En rigor la usurpación es la misma ya la perpetre un maleante con pasamontañas y arma blanca, ya lo haga un burócrata con corbata custodiado por el poder coercitivo estatal.
Así es que los estatistas van más allá del derecho a la vida, que dicta que no te den muerte, y reclaman el «derecho a la vida digna», que impone a los otros la obligación de servirte. ¿Pero dónde está la servidumbre cuando se trata del no-nacido? ¿Dónde está la obligación de socorrer a los demás? ¿Dónde está ese sacrificio de la libertad individual en favor de la ayuda al prójimo? Ha desaparecido. La asistencia impuesta se ha esfumado. Ahora, paradojas del estatismo, los pro-elección progresistas invocan la soberanía incondicional de la madre, su libertad de elección.
Se obliga a la ciudadanía a proporcionar servicios a un obrero humilde, pero ante una criatura dependiente y totalmente vulnerable como es el nonato no sólo no se exige la asistencia sino que además se permite su desmembramiento o su envenenamiento (los abortos que no son por evicción).
Es de una incoherencia superlativa que aquellos pro-elección de izquierda que aceptan la humanidad del zigoto unicelular renuncien a su lógica de la servidumbre en beneficio de la libertad de elección de la madre [61]. La autonomía personal, el derecho a la no-asistencia... son conceptos puramente liberales e individualistas. El estatismo no casa con las propuestas libertarias de Judith Tomson o Murray Rothbard acerca de la evicción. De hecho un pro-elección estatista no tiene siquiera necesidad de enfrentarse al argumento de la responsabilidad parental (que presenta un vínculo de causalidad que obliga a los padres a asistir a sus hijos), porque los estatistas no requieren de ningún tipo de «relación causal» para justificar la servidumbre [62]. Bajo su óptica la sociedad entera estaría obligada a cuidar de los no-nacidos, no sólo los progenitores.
Así pues, los pro-elección estatistas tienen menos margen de maniobra que los pro-elección liberales, porque no pueden apelar (coherentemente) a la independencia del individuo, al derecho a la no-asistencia. Sí pueden, no obstante, impugnar el argumento de que el ser humano empieza el día 1 de la concepción o el argumento de que el derecho a la vida va pareja a esa humanidad [63]. Pero todos aquellos pro-elección estatistas que concedan que la persona empieza con el zigoto unicelular debieran ser los más ardientes anti-abortistas, puesto que para ellos el no-nacido no sólo tendría entonces el derecho a la vida, sino también el «derecho a una vida digna» [64].
Conclusión
Armonizando las tesis de que el ser humano biológico empieza tras la fecundación, de que el derecho a la vida surge en ese mismo punto, y de que la responsabilidad parental comporta la obligación de asistir al no-nacido, obtenemos una argumentación anti-abortista sólida y cohesionada, que defiende la centralidad del individuo e intenta sentar pautas objetivas [65].
Los pro-elección, en el mejor de los casos, no pueden desprenderse del cargo de arbitrariedad: ¿cuándo el no-nacido pasa de ser un ente biológico sin derechos a ser una persona con el derecho a la vida? De lo que se sigue una cuestión no menos preocupante, ¿quién determina la humanidad-personalidad del individuo? Supone una mayúscula amenaza para la vida y la libertad, por decir lo mínimo, que nuestra condición de ser humano con derechos dependa de criterios arbitrarios y esté sujeta a la discrecionalidad de terceros.
Ya es inaceptable que alguien (Estado, mayoría, colectividad...) decida por nosotros en cuestiones, por ejemplo, laborales; pero se antoja una osadía tiránica de increíbles proporciones el que uno se arrogue el poder de establecer arbitrariamente cuándo somos entes biológicos «aniquilables» y cuándo somos individuos con el derecho a la vida.
Por último, cabe alegar una razón más en favor del derecho a la vida del no-nacido que podría ser útil en el caso de que los argumentos pro-vida no convencieran pero generaran dudas.
Teniendo en cuenta las discrepancias existentes en el seno del movimiento pro-elección y los argumentos de peso lanzados desde el bando pro-vida, no sería extraño que muchos pro-abortistas reconociesen tener dudas sobre su postura.
En realidad la duda podría afectar también, claro está, a los pro-vida. El aborto es un tema complejo, ligado a la ciencia y a la filosofía, y desde ambas disciplinas se ofrecen diferentes tesis. Aquí se ha intentado presentar una solución consistente, pero podría no bastar para extinguir la inseguridad de algunos.
Imaginemos, pues, que nos hallamos en estado dubitativo: no estamos seguros de que el no-nacido sea un ser humano, tenga derecho a la vida o tenga derecho a la asistencia. ¿Qué postura deberíamos tomar ante este escenario?.
El beneficio de la duda debería recaer en aquella opción que minimice los costes. Abortar evita a la madre las incomodidades de la maternidad (dolor en el parto, pérdida de independencia, gasto económico...) y suprime la vida de un presunto ser humano. No abortar somete a la madre a las molestias y exigencias la maternidad y permite el nacimiento de un presunto ser humano. Parece que el riesgo de dar muerte a un individuo es un coste mayor que padecer las penalidades de la maternidad, por lo que el beneficio de la duda debería recaer en el no-nacido.
Así es que los defensores del derecho al aborto no sólo tienen que refutar las tesis pro-vida, sino que además tienen que articular una argumentación que no adolezca de arbitrariedades e incoherencias y a la que puedan acogerse sin que les asalte la duda.
Una sociedad libre, que aspira a regirse por principios de justicia objetivos e inmutables, debe alejarse cuánto pueda de la arbitrariedad. No parece que los pro-elección sigan esa tendencia
* conoZe.com, N°90, 2 Enero 2008 Ver notas y bibliografía. |